martes, 15 de mayo de 2018

Sugerencia de Matías

Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas
Manuel Fernández Álvarez
Trad. de Pilar Vázquez. Alfaguara. Madrid, 2000. 222 páginas.
No faltan biografías de Juana la Loca, pero las más autorizadas tienen más de un siglo, como las de Moreno Villa, o se escribieron en la década de 1930 como la de Pfandl, lo que las aleja de cualquier criterio historiográfico actual. De ahí el interés de este volumen

DEMETRIO CASTRO | 18/10/2000 |  Edición impresa



La de Juana fue, más que nada, una tragedia personal en medio de un cúmulo de acontecimientos históricos a los que en realidad fue ajena, y que Fernández Álvarez recrea con la solvencia que le da su conocimiento del peri
Cuando en la primavera de 1555 murió septuagenaria la tercera hija de los Reyes Católicos, Juana, pudo asaltar a algunos la duda de quién era exactamente la fallecida dentro de las casas reinantes europeas. A todas luces se trataba de alguien particularmente relevante. Sus seis hijos se sentaban, o se habían sentado, en los tronos más encumbrados: los dos varones ostentarían la dignidad imperial, además de los reinos hispánicos y austriaco con sus anejos; las hijas fueron reinas consortes de Portugal, Hungría, Dinamarca y Francia. Pero ella misma fue desde 1504 reina de Castilla, y desde 1516 del resto de España, y esas dignidades las tendría hasta el final de sus días, aunque de hecho jamás reinó, de modo que habría razones para decir que quien desaparecía era reina de España, aunque ese título lo tuviera desde hacía cuatro décadas su hijo Carlos. Evidentemente incapaz, su huella en la historia está unida a la tragedia personal de su demencia, comúnmente interpretada como un frenesí de amor desencadenado por la muerte de su marido, Felipe el Hermoso. Cuando éste llevaba varios meses sepultado en la Cartuja de Miraflores, su viuda, reina en plenitud de Castilla, hizo desenterrar el cuerpo embalsamado y con ánimo de ir a enterrarlo en Granada, lo paseó durante dos años por pequeños pueblos de Castilla. El episodio se prestaba a la interpretación romántica que refleja, mejor que ningún otro intento plástico o literario, el impresionante cuadro de Pradilla.

No faltan biografías de este desdichado personaje, pero las más autorizadas tienen más de un siglo, como las de Moreno Villa, o se escribieron en la década de 1930 como la de Pfandl, lo que pese al buen apoyo documental de las tres, las aleja de cualquier criterio historiográfico actual. Esta de Fernández álvarez es reelaboración de la publicada hace un lustro y que se distribuyó poco, de modo que se la puede tener por nueva y actualizada; el incluir un apéndice documental de los años 1520 a 1555, aunque no haya en él ningún documento desconocido, incrementa su interés. Pero esos mismos documentos ponen de manifiesto lo dificultoso de hacer historia con la biografía de alguien que durante casi cincuenta años vivió en la reclusión de Tordesillas; salvo una breve y ambigua participación en la rebelión comunera, su existencia transcurrió al margen de todo cuanto ocurrió en su tiempo. Sólo el primer tercio de su vida lo pasó en relativa proximidad a los centros de decisión política, y nunca alcanzó a jugar un papel relevante o simplemente activo. Fue siempre objeto en las decisiones o ambiciones de otros, o víctima de ellas: de la política matrimonial de sus padres, de las apetencias de poder de su marido, de la razón de Estado de su padre. Si se la recluyó no fue en principio tanto por su enfermedad, como por ponerla a resguardo de intereses que pudieran instrumentalizar su legitimidad como reina, oponiéndola a la de quienes gobernaron en nombre suyo, su padre y su hijo. La suya fue, más que nada, una tragedia personal en medio de un cúmulo de acontecimientos históricos a los que en realidad fue ajena, y que Fernández Álvarez recrea con la solvencia que le da su conocimiento del periodo, aunque sin acertar siempre a vincular estructuralmente el personaje con su momento.

Precisamente en ello pudiera estar lo más interesante que de la vida de Juana la Loca cabría extraer. Por ejemplo, ¿hasta qué punto se vulneraron, no ya sus derechos, sino la legalidad de la sucesión al proclamar rey a su hijo? Se ha hablado incluso de “golpe de Estado”, pero el libro no entra a fondo en esta cuestión. Se abre éste con un resumen sobre las manifestaciones de la mentalidad mágica del Renacimiento, insinuando las conexiones entre locura y posesión, pero este prometedor camino hacia la historia social de las mentalidades se abandona enseguida sin enseñar nada, a la luz del caso de Juana, sobre qué era en la España del siglo XVI un loco, y qué actitudes y conductas cristalizaban en torno a los dementes. La dureza en el trato que se usó con la reclusa de Tordesillas, ¿fue algo anómalo? Tampoco se avanza mucho en el conocimiento de su dolencia, evidentemente depresiva con violentos accesos celotípicos, ni se va más allá de la evocación en el paralelo con su abuela, Isabel de Avis, recluida en Arévalo desde 1454 a 1496 con síntomas similares a los suyos. La historia más tradicional quería enseñar no sobre las sociedades, sino sobre cosas como las pasiones humanas. Este libro, sin hablar directamente de ello, está posiblemente más cerca de este modelo que de otro; como su evocación del período es completa y solvente vale la pena leerlo. 
Manuel Fernández álvarez (Madrid, 1921) alcanzó una extraordinaria popularidad hace tres años con la publicación de una monumental biografía sobre Felipe II. Catedrático de Historia y miembro de la Real Academia de Historia, es doctor en Historia por la Universidad de Madrid (1947) y en Humanidades por la Universidad de Bolonia. Desde 1985 es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Salamanca. Además de su Felipe II, es autor de Carlos V (1999) y de La sociedad española en el Siglo de Oro, obra con la que obtuvo en 1985 el Premio Nacional de Historia.


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