II Encuentro Clubes de Lectura

II Encuentro de Clubes de Lectura. Mazarrón 2017

"Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro" Emily Dickinson

viernes, 26 de febrero de 2016

El Gran Hotel Budapest

El efecto Stefan Zweig en el cine

   
   El film del cineasta norteamericano Wes Anderson, El Gran Hotel Budapest, estrenado en 2014, intenta capturar la atmósfera y el estilo de las novelas de Stefan Zweig.
    Es una comedia que se desarrolla en un lujoso hotel de una república ficticia de Europa del Este, en la década de los años 30 del siglo pasado. 
    Wes Anderson comenta que lo primero que leyó de Zweig fue La impaciencia del corazón y que le encantó su estructura, que el escritor utiliza habitualmente en sus libros, y que el propio director ha adaptado en su película. Posteriormente leyó su autobiografía, El mundo de ayer  y le sorprendió la minuciosidad con que retrataba la cultura europea de su época.
    Y es que una de las cosas más interesantes de El Gran Hotel Budapest, puede que la que más, es la traslación en imágenes, tanto en su fondo como sobre todo en su forma, del mundo literario del autor austríaco.   
   El film no se basa directamente en una novela o relato concreto de Zweig, aunque en los títulos de crédito se citen varias de sus obras como fuente de inspiración. Lo que Wes Anderson hace es generar una cierta atmósfera que puede resultar familiar a los lectores del escritor vienés, así como estructurar la historia de la película de una forma similar a como solía hacerlo el autor en sus trabajos.   

   De esta manera vemos como el narrador de los hechos, un alter ego de Zweig, encarnado en sus años de juventud por el actor británico Jude Law y ya mayor por Tom Wilkinson, tropieza casi por azar con ciertos acontecimientos que, en tanto que escritor, tiene la necesidad de contarnos. Tal y como sucede en las obras de Zweig, la narración de dichos acontecimientos supone tanto un motivo para la auto reflexión del propio personaje-autor como, por extensión, una invitación a que el lector o el espectador realice consideraciones sobre sí mismo a partir de aquello de lo que va a ser testimonio.
   También, como ocurría en el caso de las historias de Zweig, hay en El Gran Hotel Budapest una cierta visión de la Europa de entreguerras, recreada, necesariamente, a partir de los recuerdos de los personajes, con una imaginería que oscila entre lo ensoñador y lo hiperrealista. Así, se nos muestra una época donde la utopía de una Europa unida se hundía frente a la barbarie de los totalitarismos cuya devastadora influencia bien conocemos y que llevaron al mismo Zweig, que era judío, primero al exilio a Brasil huyendo de la persecución nazi y, finalmente, a suicidarse junto a su mujer cuando la Segunda Guerra Mundial se encontraba en su máximo apogeo.
   Con todo, Wes Anderson otorga su propia y fuerte personalidad a la película, en parte mediante la ya mencionada creatividad de su puesta en escena y también añadiendo mucho de su humor característico, que funciona sobre todo gracias al excelente trabajo de los actores, con un fantástico Ralph Fiennes al frente.
   Aunque lo que definitivamente hermana a ambos creadores (escritor y cineasta) es una cierta visión nostálgica no tanto sobre lo que aconteció en el pasado de los personajes, si no sobre todo aquello que, por los motivos que fuesen, no pudo realizarse o ocurrir con toda la plenitud que hubiesen deseado éstos, de la misma manera que pasa tantas veces en la vida real, y como, en muchos sentidos, experimentó de la forma más cruel el propio Stefan Zweig. 


Fuentes:

Cultura y algo más

jueves, 25 de febrero de 2016

La impaciencia del corazón o...


La piedad peligrosa de Anton Hofmiller
 

   La piedad cuando es demasiado piadosa, se vuelve peligrosa y por ello, malsana como lo demuestran los hechos descritos aquí entre dos jóvenes más distantes entre sí por el pensamiento que por la conducta. También es la denominada impaciencia del corazón, cuando se torna enfermiza y patética, como en este libro.
   Cinco palabras definen la piedad peligrosa del protagonista masculino: Pasional, paciente, pasiva, patológica, patética.
    La historia está ambientada en 1914, en los meses previos a la I Guerra Mundial. El conflicto solo se menciona de pasada en la novela pero la atmósfera de preguerra y de decadencia del Imperio Austro-Húngaro impregna toda la historia. Por algo el protagonista es un militar.
   
“También el suceso que voy a reproducir aquí, me fue confiado casi en su totalidad y, es justo decir, de una manera completamente inesperada.”
    Al inicio de la novela se crea por un lado, complicidad, por el otro, expectativa: ¿qué es eso tan interesante que sabe el escritor y que necesita reproducir y comunicar? El hecho de que sea cierta o no la existencia de la fuente, no añade ni resta nada a la pretensión de veracidad, porque desde el prólogo, aunque esté firmado por Zweig, estamos ya en el terreno de la ficción.

   La novela utiliza el clásico recurso de la historia encontrada. El escritor, ya en 1938, se encuentra primero en un café con Hofmiller y luego en una cena. Anton Hofmiller es uno de esos héroes de guerra, que consiguió todas las grandes medallas austríacas de la I Guerra Mundial y destacó por su valor y heroísmo. Pero cuando el escritor y Hofmiller vuelven andando a casa, tras esa cena que es su segundo encuentro, el ex militar la cuenta el secreto, el pecado, detrás de su heroísmo. Fue a la guerra como una especie de expiación, sin miedo a la muerte.

    Este recurso se repetirá más tarde cuando el Doctor Condor le cuente al teniente Hofmiller el pasado de Keskefalva.   
    Y así nos dirigimos a 1914 cuando Anton Hofmiller tiene 25 años, es un teniente del cuerpo de ulanos, guapo y lleno de vida, destinado en un aburrido pueblo de provincias entre Viena y Budapest. Allí acaba entrando en contacto con Lajos von Kekesfalva, un acaudalado propietario que vive en un castillo en la localidad, con su hija Edith, que sufre de parálisis. Claro que Hofmiller no lo sabe y en el primer baile al que es invitado en la propiedad pide un baile a la pobre Edith. Y de ese engaño, y de un sentimiento de piedad quizás mal entendido, surge la madeja que se va liando entorno a los dos protagonistas, el teniente Hofmiller y Edith, que llega a su punto culminante al mismo tiempo que en Sarajevo muere Francisco Fernando.

   Este es un relato de una triste incomunicación, que al mismo tiempo, dice mil cosas: La confusión entre la realidad y el deseo, la falta de libertad del narrador-protagonista ante un mundo lleno de prejuicios que se interponen entre él y Edith.
   En esta historia, como en casi todas, novelas o reales, Edith es una inválida. A los ojos de todos, no "sirve" para lo que sí sirve Ilona. De ahí la enorme consternación de Hofmiller al descubrir que Edith ama, y no sólo eso, sino que desea. Que su cuerpo es mucho más que las piernas inmóviles. Y que su persona es mucho más que una niña caprichosa, sino una mujer que no se quiere resignar a vivir postrada, física y moralmente.


"¿Es verdad que visitas a esta gente rica sólo por compasión y simpatía?, me pregunto con suspicacia. ¿No se esconde también en ello un poco de vanidad y sibaritismo?"

   El tema de La impaciencia del corazón es la compasión. Se trata de un análisis exhaustivo de un sentimiento: cómo funciona, cuándo se da, qué implica, cómo se vive, etc. Sin embargo, es de llamar la atención que, a pesar de dar vueltas y vueltas sobre el mismo sentimiento, la lucidez que orienta la reflexión consigue que la prosa avance en profundidad y conmueva. El tema no se agota, al contrario, se enriquece y se multiplica en sus múltiples variables. Y por supuesto, Zweig despierta en nosotros la compasión hacia el teniente en muchas ocasiones, o hacia Edith, en otras.   Dado el interés de Zweig por el tema, encontramos que la compasión es un sentimiento que aparece en esta novela como el punto de partida en las tres parejas: el viejo Kekesfalva la sintió por su mujer luego de haberla desplumado económicamente, y en este caso se convirtió en una relación feliz. De la misma manera que aparenta ser armoniosa la relación del médico y la ciega.
   ¿Hubieran sido el teniente y Edith felices de haber superado el rechazo inicial del joven? ¿Hubieran conseguido darle un giro positivo a la relación y convertir la unión en una relación serena y estable?

   Dice Zweig, y ésta será su sentencia:

“Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá. Sólo cuando uno llega hasta el final, hasta el final más extremo y amargo, sólo cuando uno tiene la gran paciencia, puede ayudar a los hombres. ¡Sólo cuando se sacrifica a sí mismo, sólo entonces!”


Fuentes:

Club de Lectura de Liliana Costa
Librópatas.com

miércoles, 24 de febrero de 2016

Stefan Zweig

Un corazón "partío"


"Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso -la monarquía de los Habsburgos-, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas", escribió Stefan Zweig en su autobiografía El mundo de ayer.
    
   Este escritor austriaco se hizo famoso sobre todo por sus biografías y por ser, a raíz del estallido de la I Guerra Mundial, un ardiente pacifista. Después de la guerra Zweig se estableció en Salzburgo y escribió biografías, narraciones, novelas cortas y ensayos. Entre estas obras destacan: Tres maestros (1920), estudios sobre Honoré de Balzac, Charles Dickens y Fedor Dostoievski y La curación por el espíritu (1931), donde da cuenta de las ideas de Franz Anton Mesmer, Sigmund Freud y Mary Baker Eddy.
   Como escritor, Zweig se distinguió por su introspección psicológica. Omitiendo detalles no esenciales, fue capaz de hacer sus biografías tan entretenidas como una novela. Los últimos escritos importantes de Zweig incluyen las biografías Erasmus de Rotterdam (1934) y María Estuardo (1935), la novela El juego real (publicada póstumamente en 1944), y su autobiografía El mundo de ayer (1941).

   En 1924 se publicaron sus poesías reunidas, marcadas por el influjo de Rilke y Verhaeren. Compuso obras teatrales, como Tersites (1907), La casa junto al mar (1911), Jeremías (1917) y La oveja del pobre (1939). Escribió asimismo novelas y narraciones: Primera experiencia (1911), Amok (1923), Confusión de sentimientos (1926) -conjunto formado por tres relatos largos, el más conocido de los cuales es Veinticuatro horas de la vida de una mujer, publicado primero en inglés- y La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón (1938).    
   Stefan Zweig nació en una familia de judíos vieneses formándose entre Berlín y París. Amigo de Sigmund Freud y Richard Strauss, sentía debilidad por los corazones solitarios, coleccionaba partituras manuscritas de sus músicos favoritos y siempre sintió un enorme miedo a envejecer.     

    El exilio de Zweig coincidió con el final de su primer matrimonio, que concluyó cuando su primera mujer le sorprendió con su joven secretaria Lotte en un hotel de la Costa Azul. Unos meses antes, el escritor había decidido abandonar su mansión de Salzburgo amedrentado por la presión de la aviación nazi, que arrojaba panfletos sobre la ciudad. Zweig donó algunos de sus libros a la Biblioteca Nacional Austriaca y partió rumbo a Londres con su segunda mujer.
   El estallido de la II Guerra Mundial le llevó mudarse a una casa a las afueras de la ciudad inglesa de Bath. "Me siento más aislado que en ningún otro lugar del mundo", dijo a un amigo en 1939. "¿De verdad crees que los nazis no llegarán hasta aquí?". Hitler nunca llegó a invadir el Reino Unido pero los aviones de la Luftwaffe destruyeron Bath en abril de 1942.
   Para entonces Zweig y su segunda esposa Lotte se habían mudado a Nueva York en 1940 y un año después a Brasil, donde se suicidó junto a ella en Petrópolis en 1942 llevado por un sentimiento de soledad y fatiga espiritual. En su último mensaje, expresó la esperanza de un nuevo amanecer tras el ocaso de la barbarie nazi.   

   El suicidio del escritor austriaco fue el fruto de un proceso de desarraigo que se inició con su huida de Austria en 1934 y se perpetuó con una existencia errante que le llevó a Londres, Bath y Nueva York. El profesor George Prochnik cuenta esos últimos días en el libro 'The impossible exile' (2014), que desvela muchos detalles sobre las tribulaciones del matrimonio Zweig.
 "Saludo a todos mis amigos", escribió Zweig en su carta de despedida. "Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí"


Para más información:

Artículo ABC 04/11/14. Stefan Zweig
Artículo de El Mundo 19/06/14. Los últimos días de Stefan Zweig.
Artículos El País. Stefan Zweig.