lunes, 6 de noviembre de 2017

Por qué es recomendable leer en voz alta (y no sólo a los niños)

Artículo de Gema Lozano publicado en Yorokobu (eldiario.es)

Fueron varias, al parecer, las cosas que le impresionaron de San Ambrosio, pero San Agustín resalta una en particular en su libro Confesiones:

Cuando estos lo dejaban libre, que era muy poco tiempo, (Ambrosio) dedicábase a reparar las fuerzas del cuerpo con el alimento necesario o las de su espíritu con la lectura. Cuando leía, hacíalo pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. Muchas veces, estando yo presente –pues a nadie se le prohibía entrar ni había costumbre de avisarle quién venía-, lo vi calladamente, y nunca de otro modo…

Era el siglo IV y, por aquellas fechas, la lectura era una actividad que solía practicarse en voz alta. Que aquel al que consideraba su maestro lo hiciera en silencio dejó atónito al futuro Obispo de Hipona. Aunque poco a poco, la práctica se fue extendiendo. En los monasterios y en las bibliotecas de las primeras universidades, la lectura individual y en voz baja se convirtió en habitual.

Los beneficios eran evidentes: cada lector podía zambullirse en el texto sin molestar al prójimo y ahorrar ejercicio a sus cuerdas vocales. De hecho, según cuenta Iñaki Berazaluce (quien califica a San Ambrosio como un early adopter de la lectura silenciosa), San Agustín llegó a la conclusión de que aquel optó por esa modalidad preocupado por «el cuidado de su voz, que la tenía propensa a quiebras continuas».

La mayor concentración que les proporciona leer de este modo, al no tener que atender a aspectos relacionados con la vocalización o entonación es otra ventaja para muchos. Aunque distintos estudios, como los de Reed, Swanson, Petscher, & Vaughn, no encontraron diferencias significativas entre la lectura en voz alta y en silencio, en cuanto aprendizaje se refiere.

Sea como fuere, leer se consolidó como acto silente. Aunque, como recogen Paula Grosman y Alejandra Rogante en el libro Cuatro tramas: orientación para leer, escribir, traducir y revisar la lectura en común se hizo un hueco entre las familias burguesas europeas del XIX entre las que era costumbre rematar la velada con un juego de cartas y la lectura de un libro en voz alta.

Este tipo de lectura desempeñó también un importante papel ideológico. El libro de Grosman y Rogante incluye algunos ejemplos como los de las fábricas de cigarros de la Cuba colonial en las que se leían textos en alto a los trabajadores como vía para la alfabetización pero también para el entretenimiento.

En Buenos Aires, a principios del XIX, se hizo obligatoria la lectura en voz alta de los textos de un periódico local que, entre otros, publicaba extractos de El contrato social de Rosseau para hacer llegar a los feligreses, la mayoría de ellos analfabetos, las ideas relacionadas con la igualdad y la libertad que llegaban desde Europa.

Mientras los índices de alfabetización crecían y los medios de comunicación se popularizaban, la lectura en voz alta se fue circunscribiendo a la familia y a la escuela. Y los niños pequeños que aún no sabían leer se convirtieron en la audiencia casi exclusiva. Los beneficios que escuchar los cuentos de boca de sus padres o profesores aportan a un niño resultaban cada vez más evidentes. «Numerosos estudios han demostrado que leer en voz alta de forma habitual a los niños menores de tres años ayuda a que estos mejoren su compresión del lenguaje y que, posteriormente, su aprendizaje lector sea más fluido», explica Cristina Feliu, editora de Timun Mas Infantil, entre otras editoriales de Planeta.

Desde el punto de vista emocional también aporta ventajas. «Ayuda a crear y fortalecer el vínculo entre el lector y el que escucha. Un vínculo que el niño quiere alimentar y por eso pide cada día el momento de lectura. No es tan importante que el texto esté bien leído o bien interpretado, como que el adulto transmita cariño y pasión por lo que lee».

Un hecho que, según Feliu, favorece el desarrollo de una futura generación de lectores. «Escuchando, el niño relaciona la lectura con una emoción positiva y esto es de gran ayuda porque le apetecerá acercarse a ella cuando empiece a leer por sí mismo».

Berta Rodríguez, profesora de primera e inglés del colegio Antavilla School., coincide con la editora en esto y en la capacidad de fomentar y desarrollar aspectos tan relevantes como la empatía, la capacidad de escucha, la creatividad, la imaginación y la concentración en los niños. Algunos de esos estudios, incluso, aconsejan por ello comenzar con la práctica ya durante el embarazo. En Estados Unidos, la organización Read Aloud insiste en la necesidad de leer, al menos, 15 minutos al día para favorecer el desarrollo de estas competencias en los niños.

En España, la asociación Entrelibros lleva desde 2010 utilizando la lectura en voz alta como un método «terapéutico y alentador» para toda clase de personas, pero en especial las que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad o riesgo de exclusión. Hospitales infantiles, centros penitenciarios o de acogida son algunos de los lugares en los que desarrollan su actividad: «Somos conscientes del valor cívico de la palabra poética y filosófica, de su poder para transformar el mundo, para hacerlo más comprensible y habitable. Hacemos de la lectura nuestro particular modo de intervención social», explican en su web.

Lo que ni Feliu y Rodríguez acaban de comprender es por qué, sabiendo de todos sus beneficios, dejamos de leer a los niños cuando empiezan a hacerlo por sí solos. «Escuchar continúa siendo una experiencia rica que refuerza el vínculo entre las personas que participan en la lectura», añade Feliu.

En un artículo para El Nacional.cat, el filósofo Xavier Antich habla de su etapa como profesor de instituto donde, a partir de su experiencia con sus alumnos adolescentes, se convenció de que «leer en voz alta es aprender a leer de verdad»: «Podemos leer, en silencio, para nosotros, sin comprender lo que leemos: sólo nosotros nos podemos dar cuenta de ello. Pero no es posible leer en voz alta si no entendemos lo que leemos: ¡se nota demasiado!».



Por eso agradece iniciativas como la de Lectura en Veu Alta y sus certámenes intantiles y juveniles que celebra periódicamente en Cataluña. Cristina Feliu, por su parte, alaba la labor de los organizadores los maratones de cuentos que desde hace 25 años se vienen celebrando en Guadalajara.

Pero leer en voz alta aporta ventajas al que lo hace aunque no disponga de audiencia alguna. La mejora de la fluidez lectora, de la ortografía, la ayuda que puede proporcionarnos a la hora de corregir un texto o el “hacer oído” cuando se realiza en otro idioma son algunas de ellas.

Aunque algunos estudios asegura que nuestro cerebro procesa de forma similar lo leído sin importar si lo hacemos en voz alta o en silencio, otras investigaciones realizadas demostraron los favorables efectos que la lectura en voz alta (junto a la resolución de ejercicios aritméticos sencillos) provocaba en personas de edad avanzada.

Próxima reunión 7 de Noviembre de 2017 a las 6 en punto

El lector del tren de las 6.27

Jean-Paul Didierlaurent


   Guibrando Viñol no es ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Su trabajo consiste en destruir lo que más ama: es el encargado de supervisar la Cosa, la abominable máquina que tritura los libros que ya nadie quiere leer. Al final de la jornada, Guibrando saca de la entrañas del monstruo las pocas páginas que han sobrevivido a la carnicería. Cada mañana, en el tren de las 6.27, se dedica a leerlas en voz alta para deleite de los pasajeros habituales. Un día descubre por casualidad una pieza de literatura atípica que le cambiará la vida.
   La amistad une a un grupo de personajes aparentemente anodinos, probables compañeros invisibles de nuestros viajes cotidianos en tren, que esconden mundos extraordinarios donde todo es posible: un vigilante de seguridad que habla en verso, una princesa cuyo palacio es un aseo público, un mutilado que busca sus piernas. En una mezcla insólita de humor negro y dulzura, celebramos con ellos el triunfo de los incomprendidos.


Fuente: Lecturalia

jueves, 2 de noviembre de 2017

Guibrando Viñol

Gente no tan corriente

   En El lector del tren de las 6.27, Jean-Paul Didierlaurent cuenta la historia de Guibrando Viñol, operario de la STRN (Sociedad de Tratamiento y Reciclaje Natural) encargado de manejar la trituradora de libros Zerstor 500, más conocida como La Cosa. Cada mañana, durante el trayecto hacia su trabajo en el RER (Réseau Express Régional, el equivalente francés de nuestro tren de cercanías), Guibrando deleita al resto de pasajeros con la lectura de recetas de cocina, extractos del último Goncourt, párrafos de novela negra, páginas que se han salvado de las fauces de La Cosa en cada turno.
   

   Este es el punto de partida de una historia en la que Didierlaurent va incorporando tramas y personajes como Felix Kowalski, el jefe indeseable; Brunner, quien maneja la Zerstor junto a Guibrando y desea por encima de todas las cosas que algún día le permitan poner en marcha la máquina; Yvon Grimbert, dueño y señor de la garita de seguridad que habla en alejandrinos; Giuseppe Carminetti, un mutilado que busca sus piernas; Rouget de Lisle, un pez rojo al que Guibrando cuenta cada día sus cuitas; las hermanas Delacôte, Josette y Monique, seguidoras de las lecturas mañaneras de Guibrando en el RER y que llevan a nuestro protagonista a conocer un lugar muy especial: Las Glicinas y Julie, una princesa cuyo palacio es un aseo público, ausente y presente en los pensamientos de Guibrando tras un casual hallazgo en el RER.
   Didierlaurent dice haber querido conceder un poco de visibilidad a quienes considera invisibles hoy en la sociedad. “Mi idea era tomar a este hombre ordinario y convertirlo en un ser extraordinario. Quería buscar en mis personajes esa pepita de oro que todos llevamos dentro. Los hombres y mujeres anodinos también son capaces de decir y hacer cosas interesantes”, sostiene el autor.
   El escritor francés envuelve temas profundos, como la insatisfacción vital y la alienación laboralen una trama que en principio puede parecer incluso banal, pero solo hay que rascar un poco para descubrir su verdadero significado. Una historia agradable de leer, utilizando un lenguaje sencillo y fluido.
   La crítica francesa ha comparado su libro con Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, pero para Didierlaurent la diferencia radica en que "no es un manifiesto contra la destrucción de los libros", sino que la máquina trituradora es solo un pretexto.
   Además, en la novela de Bradbury, los libros "se destruyen y ya está", mientras que en su libro Si en Fahrenheit 451 los libros eran quemados por razones políticas, en su novela lo son "por motivos económicos”, argumenta Didierlaurent.
   "Lo que quería era demostrar que en la monotonía de los días también hay fuentes de felicidad" que "hay que saber buscar con una actitud positiva", reflexiona el autor.
   
  
   Cuando se le pregunta si su obra es un homenaje a los libros, al escritor le gusta matizar que lo que buscaba era el poder rendir su personal tributo "a las palabras que son un material fantástico". Por eso añadió que las palabras, tanto escritas como habladas, son "los cimientos de los libros".
   El éxito del libro provocó una proliferación de la lectura en voz alta espontánea en Francia, según el autor, además de la pugna de las editoriales de todo el mundo por publicarlo y de la rápida adquisición de derechos cinematográficos por la productora francesa Mandarin Cinéma.
   Una curiosa historia, un cuento moderno que es a la vez un homenaje a la literatura y al acto de leer.


Fuentes: eldiario.es / El País (2015)

Jean-Paul Didierlaurent

El hombre de los cuatro nombres 

     
    En 1997, Jean-Paul Didierlaurent (La Bresse, 1962) descubre la existencia de concursos de novelas cortas, lo que le da la idea de lanzarse en sus primeras producciones literarias. Entre éstas, Bruma (Au Diable Vauvert, 2010) le permite ganar el Premio internacional Hemingway, que premia novelas relacionadas con el mundo taurino, en este caso, en torno a la Feria de Nîmes. Didierlaurent vuelve a ganar el mismo premio en 2012 con la novela corta Mosquito, publicada en la misma editorial. 
   Funcionario de la compañía estatal de telefonía y viviendo una existencia apacible en los Vosgos, cadena montañosa en la Lorena francesa, su vida cambia en 2014 cuando nace su primera novela El lector del tren de las 6.27.
   Jean-Paul Didierlaurent reivindica el poder de las palabras para hacer que emerja la mejor versión de las personas más anodinas, una suerte de fábula surrealista aderezada con ternura y humor negro, éxito de ventas en Francia y que se ha traducido a 25 idiomas.
"Quería demostrar que el hábito no hace al monje, que gente que puede parecer muy ordinaria por su trabajo o su aspecto, en el fondo esconde algo extraordinario, lo que pasa es que tenemos que tomarnos tiempo para descubrirlo" 

   El protagonista de su historia, Guibrando Viñol, ama los libros y su trabajo consiste en destruirlos, al introducirlos en La Cosa, una máquina trituradora cuyo nombre técnico prefiere no recordar.
   "¿Para cuándo la novela?", era la pregunta recurrente de los periodistas y conocidos cada vez que presentaba sus anteriores libros de relatos o novelas cortas, recuerda Didierlaurent. Pero al final dio el paso y "El lector del tren de las 6.27", concebido como 'nouvelle' (novela corta, en francés), la ha convertido en 'roman' (novela larga).  
  
   Sin embargo, él mismo se sigue considerando "nouvelliste", ya que ha escrito cada capítulo como si de una novela corta se tratara, con tal de conseguir un lenguaje "claro y simple" y rehuir el "vértigo" que le producía el salto. 

   Después del éxito loco e inesperado de su primera novela publica en 2015 Macadam, una colección de 11 cuentos.
   Su última novela, El resto de sus vidas (2017), es una historia encantadora, una tierna road trip sobre la vida y la muerte y la autopista de peaje que las separa.

martes, 31 de octubre de 2017

Dulces literarios de noviembre: El Monte de las Ánimas y Coplas a la muerte de su padre

   Matías me envía un correo en donde no se resiste a proponer, por si alguien le interesa, la lectura de estas dos joyas de la literatura española en fecha tan propicia para, a modo de invitación, reflexionar sobre un tema que está ahí. Literatura en contexto por la proximidad de el día de las ánimas, celebración que se realiza el 2 de noviembre complementando al Día de Todos los Santos, cuyo objetivo es orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrenal.
   Fiesta cristiana de orígenes paganos iniciada por San Odilon, abad del Monasterio de Cluny (sur de Francia) que en el año 998 instauró esta fiesta en la orden benedictina. En el siglo XIV Roma lo aceptó y lo extendió a toda la cristiandad. A primeros de noviembre, muchas familias acuden al cementerio y adornan con flores las lápidas de sus seres queridos. No nos olvidemos que también es una fiesta gastronómica ya que se degustan dulces como los conocidos huesos de santo, las rosquillas o los buñuelos.

El Monte de las Ánimas (1861)



   Es uno de los relatos que forman parte de la colección de Gustavo Adolfo Bécquer llamada Soria. La leyenda cuenta lo que le ocurrió a un joven llamado Alonso al intentar complacer a su prima durante la noche de difuntos, la noche de la festividad de Todos los Santos. Se publicó junto a dieciséis leyendas más, en el diario El Contemporáneo.


Texto. -

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé.... en el monte acaso.

-¡En el Monte de las ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche.... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcóny las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogánito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.



Coplas a la muerte de su padre
Jorge Manrique

   Las Coplas por la muerte de su padre, también citadas como Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo o, simplemente, Las coplas de Jorge Manrique, son una elegía escrita por Jorge Manrique en la muerte de su padre, el maestre de Santiago Rodrigo Manrique. Escritas, al menos una parte, con posterioridad al 11 de noviembre de 1476, fecha de la muerte de Rodrigo Manrique, constituye una de las obras capitales de la literatura española.
   Esta obra pertenece al género poético de la elegía funeral medieval o planto y es una reflexión sobre la vida, la fama, la fortuna y la muerte con resignación cristiana. Se inspira en los precedentes clásicos y medievales del género y en el Eclesiastés, pero también contiene alusiones a la entonces historia reciente de Castilla e incluso a sucesos en los que pudo estar presente el propio autor.

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo después, de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

II

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera,

más que duró lo que vio

porque todo ha de pasar

por tal manera.

III

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

IV

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores.

A aquél sólo me encomiendo,

aquél sólo invoco yo

de verdad,

que en este mundo viviendo

el mundo no conoció

su deidad.

V

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos,

así que cuando morimos

descansamos.

VII

Este mundo bueno fue

si bien usáramos de él

como debemos,

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquél

que atendemos.

Aun aquel hijo de Dios,

para subirnos al cielo

descendió

a nacer acá entre nos,

y a vivir en este suelo

do murió.

VIII

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor,

aun primero que muramos

las perdemos.

De ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los más altos estados

desfallecen.

IX

Decidme: la hermosura,

la gentil frescura y tez

de la cara,

el color y la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para?

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal

de senectud.

X

Pues la sangre de los godos,

y el linaje y la nobleza

tan crecida,

¡por cuántas vías y modos

se pierde su gran alteza

en esta vida!

Unos, por poco valer,

por cuán bajos y abatidos

que los tienen;

otros que, por no tener,

con oficios no debidos

se mantienen.

XI

Los estados y riqueza

que nos dejan a deshora,

¿quién lo duda?

no les pidamos firmeza,

pues son de una señora

que se muda,

que bienes son de Fortuna

que revuelven con su rueda

presurosa,

la cual no puede ser una

ni estar estable ni queda

en una cosa.

XII

Pero digo que acompañen

y lleguen hasta la huesa

con su dueño:

por eso no nos engañen,

pues se va la vida apriesa

como sueño;

y los deleites de acá

son, en que nos deleitamos,

temporales,

y los tormentos de allá,

que por ellos esperamos,

eternales.

XIII

Los placeres y dulzores

de esta vida trabajada

que tenemos,

no son sino corredores,

y la muerte, la celada

en que caemos.

No mirando nuestro daño,

corremos a rienda suelta

sin parar;

desque vemos el engaño

y queremos dar la vuelta,

no hay lugar.

XIV

Esos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

por casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

así que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados,

así los trata la muerte

como a los pobres pastores

de ganados.

XV

Dejemos a los troyanos,

que sus males no los vimos

ni sus glorias;

dejemos a los romanos,

aunque oímos y leímos

sus historias.

No curemos de saber

lo de aquel siglo pasado

qué fue de ello;

vengamos a lo de ayer,

que también es olvidado

como aquello.

XVI

¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué fue de tanta invención

como trajeron?

¿Fueron sino devaneos,

qué fueron sino verduras

de las eras,

las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras

y cineras?





XVII

¿Qué se hicieron las damas,

sus tocados y vestidos,

sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

las músicas acordadas

que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,

aquellas ropas chapadas

que traían?

XVIII

Pues el otro, su heredero,

don Enrique, ¡qué poderes

alcanzaba!

¡Cuán blando, cuán halaguero

el mundo con sus placeres

se le daba!

Mas verás cuán enemigo,

cuán contrario, cuán cruel

se le mostró;

habiéndole sido amigo,

¡cuán poco duró con él

lo que le dio!

XIX

Las dádivas desmedidas,

los edificios reales

llenos de oro,

las vajillas tan fabridas,

los enriques y reales

del tesoro;

los jaeces, los caballos

de sus gentes y atavíos

tan sobrados,

¿dónde iremos a buscallos?

¿qué fueron sino rocíos

de los prados?

XX

Pues su hermano el inocente,

que en su vida sucesor

se llamó,

¡qué corte tan excelente

tuvo y cuánto gran señor

le siguió!

Mas, como fuese mortal,

metiole la muerte luego

en su fragua.

¡Oh, juicio divinal,

cuando más ardía el fuego,

echaste agua!

XXI

Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,

no cumple que de él se hable,

sino sólo que lo vimos

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y sus lugares,

su mandar,

¿qué le fueron sino lloros?

¿Qué fueron sino pesares

al dejar?

XXII

Y los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes,

que a los grandes y medianos

trajeron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

que en tan alto fue subida

y ensalzada,

¿qué fue sino claridad

que cuando más encendida

fue amatada?

XXIII

Tantos duques excelentes,

tantos marqueses y condes

y varones

como vimos tan potentes,

di, muerte, ¿dó los escondes

y traspones?

Y las sus claras hazañas

que hicieron en las guerras

y en las paces,

cuando tú, cruda, te ensañas,

con tu fuerza las atierras

y deshaces.

XXIV

Las huestes innumerables,

los pendones, estandartes

y banderas,

los castillos impugnables,

los muros y baluartes

y barreras,

la cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha?

que si tú vienes airada,

todo lo pasas de claro

con tu flecha.

XXV

Aquél de buenos abrigo,

amado, por virtuoso,

de la gente,

el maestre don Rodrigo

Manrique, tanto famoso

y tan valiente;

sus hechos grandes y claros

no cumple que los alabe,

pues los vieron,

ni los quiero hacer caros

pues que el mundo todo sabe

cuáles fueron.

XXVI

Amigo de sus amigos,

¡qué señor para criados

y parientes!

¡Qué enemigo de enemigos!

¡Qué maestro de esforzados

y valientes!

¡Qué seso para discretos!

¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Qué benigno a los sujetos!

¡A los bravos y dañosos,

qué león!

XXVII

En ventura Octaviano;

Julio César en vencer

y batallar;

en la virtud, Africano;

Aníbal en el saber

y trabajar;

en la bondad, un Trajano;

Tito en liberalidad

con alegría;

en su brazo, Aureliano;

Marco Atilio en la verdad

que prometía.

XXVIII

Antonio Pío en clemencia;

Marco Aurelio en igualdad

del semblante;

Adriano en elocuencia;

Teodosio en humanidad

y buen talante.

Aurelio Alejandro fue

en disciplina y rigor

de la guerra;

un Constantino en la fe,

Camilo en el gran amor

de su tierra.

XXIX

No dejó grandes tesoros,

ni alcanzó muchas riquezas

ni vajillas;

mas hizo guerra a los moros,

ganando sus fortalezas

y sus villas;

y en las lides que venció,

cuántos moros y caballos

se perdieron;

y en este oficio ganó

las rentas y los vasallos

que le dieron.

XXX

Pues por su honra y estado,

en otros tiempos pasados,

¿cómo se hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos y criados

se sostuvo.

Después que hechos famosos

hizo en esta misma guerra

que hacía,

hizo tratos tan honrosos

que le dieron aún más tierra

que tenía.

XXXI

Estas sus viejas historias

que con su brazo pintó

en juventud,

con otras nuevas victorias

ahora las renovó

en senectud.

Por su grande habilidad,

por méritos y ancianía

bien gastada,

alcanzó la dignidad

de la gran Caballería

de la Espada.

XXXII

Y sus villas y sus tierras

ocupadas de tiranos

las halló;

mas por cercos y por guerras

y por fuerza de sus manos

las cobró.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obró

fue servido,

dígalo el de Portugal

y en Castilla quien siguió

su partido.

XXXIII

Después de puesta la vida

tantas veces por su ley

al tablero;

después de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero:

después de tanta hazaña

a que no puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa de Ocaña

vino la muerte a llamar

a su puerta,

XXXIV

diciendo: "Buen caballero,

dejad el mundo engañoso

y su halago;

vuestro corazón de acero,

muestre su esfuerzo famoso

en este trago;

y pues de vida y salud

hicisteis tan poca cuenta

por la fama,

esfuércese la virtud

para sufrir esta afrenta

que os llama.

XXXV

"No se os haga tan amarga

la batalla temerosa

que esperáis,

pues otra vida más larga

de la fama gloriosa

acá dejáis.

Aunque esta vida de honor

tampoco no es eternal

ni verdadera,

mas, con todo, es muy mejor

que la otra temporal

perecedera.

XXXVI

"El vivir que es perdurable

no se gana con estados

mundanales,

ni con vida deleitable

donde moran los pecados

infernales;

mas los buenos religiosos

gánanlo con oraciones

y con lloros;

los caballeros famosos,

con trabajos y aflicciones

contra moros.

XXXVII

"Y pues vos, claro varón,

tanta sangre derramasteis

de paganos,

esperad el galardón

que en este mundo ganasteis

por las manos;

y con esta confianza

y con la fe tan entera

que tenéis,

partid con buena esperanza,

que esta otra vida tercera

ganaréis".

XXXVIII

"No tengamos tiempo ya

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo;

y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera

es locura.

XXXIX

"Tú, que por nuestra maldad,

tomaste forma servil

y bajo nombre;

tú, que a tu divinidad

juntaste cosa tan vil

como es el hombre;

tú, que tan grandes tormentos

sufriste sin resistencia

en tu persona,

no por mis merecimientos,

mas por tu sola clemencia

me perdona".



XL

Así, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio

(en cual la ponga en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió

dejonos harto consuelo

su memoria.