II Encuentro Clubes de Lectura

II Encuentro de Clubes de Lectura. Mazarrón 2017

"Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro" Emily Dickinson

viernes, 3 de enero de 2014

Miguel Delibes

El hombre que con sus palabras inventó Castilla


   Miguel Delibes Setién consiguió a la vez el favor de los críticos y el fervor de los lectores. Era un escritor de los de antes: se dió a conocer con un premio, el Nadal en 1948 con La sombra del ciprés es alargada cuando era un perfecto desconocido y siguió fiel hasta el final a su primera editorial, Destino. 
   Nacido en Valladolid en 1920, consiguió sin pretenderlo que se hablara de la Castilla de Delibes como se habla de la Praga de Kafka, del Dublín de Joyce o de la Lisboa de Fernando Pessoa.
   Entre La sombra del ciprés es alargada (1947) y El hereje (1998), su primer y su último libro, el novelista construyó una literatura basada en la sencillez y la falta de artificio, en la precisión y el uso depurado de un lenguaje cristalino que siempre ha sabido ahorrar al lector los sudores que el propio escritor había vertido para alcanzar esa difícil sencillez.
              
   Popular ya por títulos como 
Aún es de día (1949), El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), La hoja roja (1959) y Las ratas (1962),  tulos
que los estudiantes españoles han leído durante décadas en las escuelas, Delibes multiplicó su popularidad con adaptaciones teatrales de obras suyas como Cinco horas con Mario (1966), protagonizada por Lola Herrera. En 1984, la adaptación cinematográfica que Mario Camus hizo de su novela Los santos inocentes, publicada dos años antes, llevó a la historia del cine algo que ya estaba en la de la literatura: la vida de los trabajadores de una finca en Extremadura cuyos dueños son verdaderos señores feudales en pleno siglo XX. Los actores Francisco Rabal y Alfredo Landa quedaron para siempre unidos a los inolvidables personajes creados por Miguel Delibes. 
    Más adelante publica Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y Coto de caza (1992), entre otras.
   Periodista durante décadas siendo director de El Norte de Castilla, fue cazador y aficionado a los deportes. También miembro de la Real Academia Española desde 1973. Recibió además todos los premios de prestigio: del Príncipe de Asturias (1982) al Cervantes (1993) pasando por el Nacional y el de la Crítica.
   Entre los motivos de su obra destaca la perspectiva irónica frente a la pequeña burguesía, la denuncia de las injusticias sociales, la rememoración de la infancia, por ejemplo en El príncipe destronado, de 1973 y la representación de los hábitos y el habla propia del mundo rural, muchos de cuyos términos y expresiones recupera para la literatura.
   Delibes es también autor de los cuentos de La mortaja (1970), de la novela corta El tesoro (1985) y de textos autobiográficos como Un año de mi vida (1972). En 1998 publica El hereje, una de sus obras más importantes de los últimos tiempos.  
   La última vez que Miguel Delibes habló en público fue en la Academia de la Lengua, a la que perteneció y que no piso durante décadas porque Madrid era un ruido que le horrorizaba. Habló en diferido, en un video que fue grabado para celebrar la salida de la nueva Gramática de la Lengua Española. Entonces, el viejo escritor castellano, uno de los grandes del siglo XX, celebró la salida de aquel volumen y se congratuló de participar de una institución capaz de recoger el habla del pueblo. Dijo: “La lengua nace del pueblo; que vuelva a él, que se funda con él porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua”.
   Era el 10 de diciembre de 2009. Desde hacía meses, e incluso años, este Delibes que murió en 2010 a los 89 años estaba rabioso con la vida; la disfrutó como periodista, como cazador, como novelista, como espectador y como participante, y la sufrió como hombre enamorado que demasiado pronto perdió a su compañera, Ángeles, con la que compartió matrimonio e hijos y a la que despidió con las lágrimas privadas que alguna vez fueron, después, literatura.
   Cuando ya nada de eso fue posible, y cuando notó que la presencia cruel de la enfermedad, de la debilidad y de la muerte se cernía, ya la vida no merecía ser vivida, agarró el lenguaje del pueblo, ese castellano purísimo que cultivó como nadie, y dijo: “Ya no me verás nunca mejor de como estoy ahora”. Duró más, pero desde entonces él repetía que le daba rabia seguir viviendo así.

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