II Encuentro Clubes de Lectura

II Encuentro de Clubes de Lectura. Mazarrón 2017

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lunes, 6 de octubre de 2014

Delacroix - Medea - Paquita

   La obsesión del pintor romántico francés Eugène Delacroix (1798-1863)  por su Medea furiosa (Médée furieuse) le acompañó hasta el final de su vida siendo ésta una cuestión de intriga y estudio.
   Delacroix empieza a pensar en el mito de Medea en 1824, cuando escribe en su diario: “Medea me ocupa”. Desde los 26 años hasta los 64 años, la edad que tenia cuando murió, Delacroix realizó multitud de bocetos y de estudios, corrigió litografías, estuvo, en suma, enormemente interesado en este mito griego en concreto.
   Pintó de 1838 a 1863 varios cuadros y estudios sobre el mismo tema, poseyendo el Louvre otro lienzo, aunque más pequeño, con el mismo motivo.
  Delacroix representa a Medea, personaje de la mitología clásica griega sacado de la obra de Eurípides, en un tema, como es típico de él, de carácter trágico: debido a la traición y el abandono de Jasón, decide tomarse la revancha por medio del infanticidio, matando a los dos hijos que habían tenido en común.

   La obra causó sensación en el Salón de París de 1838. Era la primera obra a gran escala representando un asunto de la mitología griega que hacía Delacroix. El cuadro fue inmediatamente comprado por el estado en 4000 francos y llevado, en contra de la voluntad de Delacroix que habría preferido el Luxemburgo, al Palais des Beaux-Arts de Lille donde todavía se encuentra.
   Hacia el final de su vida, el pintor realizó tres nuevas versiones.

   Una en 1859, que, según consta, se encontraba expuesta en Berlín, siendo destruida durante la Segunda Guerra Mundial; y otras dos tres años después.
   La última versión la realizó en 1862, un año antes de su muerte. A pesar de estar enfermo y que pintar le suponía un gran esfuerzo, volvió a intentarlo.   Su afán de encontrar la perfección en una obra que le obsesionaba tanto como Medea, sea la respuesta al por qué la repitió tanto. ¿Quedó a final satisfecho? La propia satisfacción debería ser su justa recompensa por tanto empeño, dedicación y sobre todo pasión. 
     Medea, hija del rey Etes de Colchis y de la ninfa marina Idia, era una formidable he­chicera como su tía Circe. Es una de las figuras más fascinantes de la mitología griega. A veces se la representa como bruja, como una hechicera con objetivos malignos, aunque cada autor le ha dado una profundidad distinta al personaje. Ovidio y Apolonio de Rodas la describieron como una joven bella y enamorada dividida entre la fidelidad a la familia y a la tierra y el deseo por Jasón. Eurípides (480-406 a.C. aproximadamente) resaltó los aspectos más conmovedores en Medea, con un personaje desequilibra­do por la infidelidad de su marido y desquiciada por los celos y la amargura hasta el punto de matar a sus hijos en un ataque de desesperación.
  
Cuando el héroe Jasón y los Argonautas llegaron a Colchis, en la orilla oriental del mar Negro, para buscar el Vellocino de Oro, conoció a Medea, que se enamoró de él inmediatamente debido a la intervención de Afrodita, Hera y Atenea. 
   Medea sabía que el objetivo de su padre era acabar con Jasón y
decidió ayudar al joven, pues no podía soportar la idea de que muriese. Aun así tenía dudas, pues tampoco quería traicionar a su padre delante de los visitantes, pese al amor que sentía.
  La pareja tuvo que huir a Corinto, donde disfrutaron de la hospitalidad del rey Creón. Allí vivieron felices muchos años y tuvieron dos hijos. Entonces Jasón diseñó un plan para deshacerse de Medea, a la que debía toda su prosperidad, y casarse con Glauce, la hija del rey. Medea encolerizó y mató a la novia con un vestido de boda embrujado que la quemó junto a su padre. Después mató a sus hijos y huyó a Atenas en su cuadriga tirada por dragones alados, donde encontró la protección del rey Egeo que, aunque se pensaba que era estéril, tuvo a Medo con ella.
   No tenemos claro cuál fue el final de Medea. Según algunas versiones, vivió eternamente como ser inmortal en los Campos Elíseos, la parte celestial del mundo de los muertos, permaneciendo allí como esposa del gran héroe Aquiles.

   Francisca González Navarro, que fue juzgada en 2003 por un jurado popular, tras haber sido acusada de dar muerte a sus dos hijos, Adrián Leroy y Francisco de 4 y 6 años, fue condenada por el juez de la Audiencia Provincial de Murcia a dos penas de 20 años de prisión.   
   El documento condenatorio considera probado que Francisca González asesinó, en la noche del 18 de enero del 2002, a sus dos hijos menores, a los que estranguló asfixiándolos con el hilo de un cargador de teléfono móvil en su domicilio en la localidad de Santomera. De conformidad con lo indicado por el jurado, la condenada sentía celos por las infidelidades de su marido pero que eso, al igual que su consumo de cocaína, alcohol y pastillas en la noche del crimen, no afectó a su "conciencia y voluntad", ya sí actuó con absoluta frialdad a la hora de inventarse la coartada del robo y preparar todo para que fuera convincente.
   
Francisca González negó que hubiera estrangulado a sus dos hijos menores para hacer daño a su marido. La propia autora no encontró una razón para el brutal crimen y lo explica como consecuencia de una vida destrozada por vejaciones sexuales, malos tratos, graves amenazas contra su familia al relacionar a su marido, José Ruiz, con el tráfico de estupefacientes, así como, por el abuso de las drogas y el alcohol. 
  José Ruiz, su esposo, un camionero que viajaba por Europa, no salió bien parado. "Me obligaba a realizar actos de todo tipo, tales como pasar moneda falsa, y a asistir a lugares de intercambio de parejas como [los clubes] Brasil y Ninette. A todo eso me presté por amor a mi marido o por gilipollas. Sobre el intercambio de parejas me decía: 'Hago esto porque no te doy suficiente satisfacción y así te demuestro lo que te quiero'. Yo no estaba conforme, pero aceptaba".
   Además de llevarla a estos clubes, Francisca habla de infidelidades: "Me engañó durante un año, aunque ya hace tiempo que terminó esa aventura, en febrero del año pasado".
   Por su parte, el marido ha negado casi todas las acusaciones, salvo la infidelidad. José Ruiz ha reconocido que se siente tan culpable de lo sucedido por pasar tantas horas alejado de su casa que a veces piensa que el asesino ha sido él. El marido explica lo sucedido casi como un crimen pasional: "Me amaba ciegamente".
   "Nunca he maltratado a mi mujer. Es posible que alguna vez, irritado, fuera de mí, se me haya escapado la mano". El marido añade que, consciente de los problemas de Francisca, pensaba llevarla a un psiquiatra.

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