Walt Whitman (Nueva York, 1819- Camden, Nueva Jersey, 1892) es uno de los autores clave de la literatura norteamericana y gran exponente del movimiento trascendentalista que buscaba explorar la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Fue el primero en incursionar en el uso del verso libre, utilizando un lenguaje sencillo, cercano a todo público. Así, transformó la poesía en un espacio de libertad. Su estilo rompió moldes, su visión incluyó a los marginados y su voz sigue resonando como una afirmación vital de la existencia. Su lenguaje, directo y amplio, abarca tanto lo cotidiano como lo trascendental.
Uno de los rasgos centrales de su obra es la celebración del yo, entendido no como un acto narcisista, sino como un medio para explorar la experiencia humana en todas sus dimensiones.
Desde joven trabajó como aprendiz de imprenta y, luego, como maestro y periodista. Estos oficios le permitieron familiarizarse con el lenguaje, la política y las preocupaciones sociales de su tiempo.
En 1855 publicó, por cuenta propia, la primera edición de su obra más famosa, Leaves of Grass (Hojas de hierba). El libro causó un gran revuelo por su tono libre, estilo inusual y la audaz exaltación del cuerpo, la naturaleza y el yo individual.
Esta obra se convirtió en un proyecto de vida. Whitman la reeditó y amplió muchas veces hasta su muerte, añadiendo nuevos poemas y secciones.
Durante la Guerra Civil estadounidense (1861-1865), trabajó como enfermero voluntario en hospitales militares, experiencia que profundizó su compasión y su conexión con el sufrimiento humano.
Para Whitman, el individuo contiene multitudes. Es reflejo del cosmos, del país, de la humanidad. En ese sentido, su poesía es profundamente democrática, pues exalta a todas las personas por igual, sin jerarquías. Por ello se refiere a hombres, mujeres, trabajadores, esclavos, soldados y ancianos.
Asimismo, sus escritos están impregnada de una espiritualidad naturalista, en la que la divinidad se manifiesta en la naturaleza, en el cuerpo humano y en la vida misma.
En el presente, el autor es considerado uno de los pilares de la poesía moderna universal. Su capacidad para unir lo personal con lo colectivo, lo carnal con lo espiritual y lo local con lo cósmico, lo han convertido en un poeta puente entre el siglo XIX y el XX.
Poemas
1. Una hoja de hierba
Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.
2. Una araña paciente y silenciosa
Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,
vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.
Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando si cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.
3. ¡Oh yo, vida!
¡Oh yo, vida! Todas estas cuestiones me asaltan,
Del desfile interminable de los desleales,
De ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre, pues,
¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
Despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes
Afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás,
Yo entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡oh, mi yo!, la triste pregunta que
Vuelve: “¿Qué hay de bueno en todo esto?”
Y la respuesta:
“Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama y que quizás
Tú contribuyes a él con tu rima.
4. Mira el mar infinito
Mira el mar infinito.
Sobre su pecho sale a navegar un navío
Que despliega sus velas, incluidas las de gavia.
Su pendón ondea en lo alto mientras aumenta
Su velocidad de manera majestuosa.
Debajo, las olas rivalizan,
Rodean al barco, apiñándose,
Con brillantes movimientos circulares y espuma.

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