miércoles, 23 de febrero de 2022

Carmen Martín Gaite

La importancia del diálogo
 
Con un toque realista y una prosa sencilla, Martín Gaite construyó una obra singular en la que se diluyen las fronteras entre los géneros y aparece una sólida reflexión sobre la escritura. Con una atmósfera misteriosa entre lo fantástico y lo real, la autora se centra en las relaciones que suceden en el mundo.

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1941) nació en el seno de una familia bastante acomodada y de ideas liberales. Su madre era gallega –lo que influyó mucho tanto en su manera de ser como en su obra– y su padre vallisoletano y notario. Tanto ella como su hermana Ana se educaron en su casa de la plaza de los Bandos y tenían "un cuarto de atrás" donde las niñas y sus amigos podían jugar y dar rienda suelta a sus ocurrencias. De hecho, esa especie de memorias con las que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 1978 se titulan El cuarto de atrás. Una novela de naturaleza híbrida que mezcla la memoria íntima con el relato de misterio. Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, ese albergue de libertad se convirtió en despensa y así se terminó abruptamente la infancia, sin una transición natural hacia su juventud que no fue nada convencional.

En 1948 se licenció en Filología Románica en Salamanca, después de pasar un tiempo estudiando en Coimbra. Al año siguiente se mudó a Madrid tras estar una temporada en Francia y conoció, a través de Ignacio Aldecoa, a los escritores y escritoras de mitad de siglo con los que compartió generación literaria. Alfonso Sastre, Josefina Rodríguez Álvarez, Jesús Fernández Santos o Rafael Sánchez Ferlosio. Contrajo matrimonio con Sanchez Ferlosio en 1953 y tuvieron dos hijos: en 1954 a Miguel, que murió a los siete meses de meningitis y en 1956 a Marta, que también murió prematuramente en 1985, con solo 29 años. El matrimonio se divorció en 1970 y madre e hija vivían juntas en Madrid.

Publicó su primer libro en 1954, una novela corta con tintes kafkianos titulada El Balneario con la que ganó el premio Café Gijón. Fue el inicio de una carrera prolífica y exitosa. En 1957 ganó el Premio Nadal con Entre visillos, su primera novela larga y en 1962 quedó finalista del Premio Biblioteca Breve de Narrativa con Ritmo lento.
 
Tras escribir varias obras de teatro, como A palo seco (1957) o La hermana pequeña (1959) y continúa con la narrativa con Las ataduras (1960). En 1976 recopila su poesía en A rachas y dos años después hace lo propio con sus relatos en Cuentos completos. Paralelamente ejerce como periodista en diarios y revistas como Diario16, Cuadernos hispanoamericanos, Revista de Occidente, El País, El Independiente y ABC, en los que se dedica a la crítica literaria, y la traducción.


Tras la publicación de su novela Retahílas en 1974, Martín Gaite se retiró para investigar y escribir ensayos de historia. Su decisión estuvo motivada en gran parte por la llegada del boom latinoamericano a España. De esa época salieron títulos como El proceso de Macanaz: historia de un empapelamiento o Usos amorosos del XVIII en España, publicación sobre su tesis doctoral . Aunque volvió a su "verdadero vicio, la novela", siguió publicando más ensayos como Usos amorosos de la Postguerra española, con él que ganó el Premio Anagrama de ensayo en 1987. Al año siguiente le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y en 1994 el Premio Nacional de las Letras.

Se dice que ningún libro de Carmen vale tanto como una conversación con ella. La búsqueda del interlocutor es una constante en sus libros, de ahí el peso del diálogo en su obra en general. Para ella escribir era conversar con el lector "Si la humanidad encontrase el tiempo y la capacidad para escuchar y ser escuchada la literatura no haría falta". Detestaba la complicación innecesaria del lenguaje y la pedantería terminológica. En un tiempo demoledor para la independencia y el desarrollo intelectual femenino, sorteó las restricciones de la censura con elegancia e ironía; supo alejarse del estereotipo de mujer pasiva, inculta y sumisa con lucidez y perspicacia. Pero por encima de todo amaba la palabra y la expresión con una sinceridad y rigor implacables: “En literatura, lo que está bien contado es lo que vale, lo que es verdad”, escribió en sus Cuadernos de todo.

Pero mientras escribía los libros con los que iba recibiendo galardones, su actividad en otros campos fue más que prolífica. Tradujo al castellano a autores como Eça de Queiroz o Natalia Ginzburg, dió conferencias y clases en Estados Unidos, estrenó obras de teatro como A palo seco (1987), hizo adaptaciones al cine de obras, entre otras de su relato Un alto en el camino (1976) y colabora en guiones de series para Televisión Española como Santa Teresa de Jesús (1982) y Celia (1989).
 
En 1990 publicó Caperucita en Manhattan, uno de sus títulos de literatura juvenil más apreciado y en 1992, Nubosidad variable. Las siguieron otras de sus novelas más queridas por el público, ya rendido a su talento, como Lo raro es vivir o Irse de casa. Su última obra fue Los parentescos, que se publicó en 2000, año de su fallecimiento.
 

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