Francisco de Asis Leon Bogislao de Greiff Hausler o León de Greiff , o también conocido como Leo Legris o Gaspar de la Nuit, fue uno de los grandes poetas del siglo XX.
Aunque sus poemas son difíciles de descifrar, la musicalidad de sus versos es, quizás, una de las razones para hacer de su lectura una fiesta.
Nacido en Antioquia, en una familia de origen sueco y alemán, heredó de su padre el amor por las letras. Pero el poeta también estaba fascinado por los números y sus infinitas combinaciones. Tuvo trabajos diversos: empleado bancario, contador, también estuvo vinculado a la administración de la construcción del ferrocarril de Antioquia, además tuvo una breve estadía en Suecia como secretario de la Embajada de Colombia.
Pero lo suyo era la poesía y, con ella, la música. De Greiff no se encasilla en ninguna etiqueta, su creación es variopinta, abarcando desde los juglares de la Edad Media y los modos literarios del Siglo de Oro español, con sus vocablos y combinaciones, hasta los poetas malditos, como Rimbaud. La ironía, el sarcasmo, la burla son recurrentes en sus textos que, a la vez tienen un velo de delicadeza.
Su primer libro , en 1925, es Tergiversaciones, seguido del Libro de los signos, Variaciones alrededor de la nada, en 1936; poco a poco aparece en páginas de diarios, revistas y también en los micrófonos de la radio. La dificultad de comunicación, el amor, la muerte, las mujeres, tanto las diosas como las vampiresas, las cultas y las incultas, son algunos de sus principales temas.
En el que es quizás su poema más conocido, escribe:
Juego mi vida, cambio mi vida
La llevo perdida
Sin remedio
Y la juego o la cambio por el más infantil
La dono en usufructo, o la regalo
O la trueco por una sonrisa y cuatro besos
Todo, todo me da lo mismo
Lo trivial, lo perfecto, lo malo
En 1972 De Greiff tuvo un accidente serio que le dejó graves secuelas. Una fractura de cráneo a raíz de una caída hizo difíciles sus últimos años. Murió en 1976. En homenaje al poeta, la Universidad Nacional bautizó con su nombre el auditorio donde se han dado debates literarios y poéticos a veces tan acalorados y disruptivos como el poeta.
Balada del tiempo perdido
I
El tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
Mas sí vi un paisaje
sólo en ocres:
desteñido…
Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas
de turbio pelaje,
de negras plumas.
Y luces mediocres. Y luces mediocres.
Vi también erectos
pinos: señalaban un dombo confuso,
ominoso, abstruso,
y un horizonte gris de lindes circunspectos.
Vi aves
graves,
aves graves de lóbregas plumas
-antipáticas al hombre-,
silencios escuché, mudos, sin nombre,
que ambulaban ebrios por entre las brumas…
Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas.
No sé adónde he ido,
y he perdido el viaje
y el tiempo he perdido…
II
El tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
Mas supe de un crepúsculo de fuego
crepitador: voluminosos gualdas
y calcinados lilas!
(otrora muelles como las tranquilas
disueltas esmeraldas).
Sentí, lascivo, aromas capitosos!
Bullentes crisopacios
brillaban lujuriosos
por sobre las bucólicas praderas!
Rojos vi y rubios, trémulos trigales
al beso de los vientos cariciosos!
Sangrantes de amapolas vi verde-azules eras!
Vi arbolados faunales:
versallescos palacios
fabulosos
para lances y juegos estivales!
Todo acorde con pitos y flautas,
comamusas, fagotes pastoriles,
y el lánguido piano
chopiniano,
y voces incautas
y mezzo-viriles
de mezzo-soprano.
Ni sé adónde he ido…
y he perdido el viaje
y el tiempo he perdido…
III
Y el tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
por ver el paisaje
en ocres,
desteñido,
y por ver el crepúsculo de fuego!
Pudiendo haber mirado el escondido
jardín que hay en mis ámbitos mediocres!
o mirado sin ver: taimado juego,
buido ardid, sutil estratagema, del Sordo, el Frío, el Ciego.
I
El tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
Mas sí vi un paisaje
sólo en ocres:
desteñido…
Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas
de turbio pelaje,
de negras plumas.
Y luces mediocres. Y luces mediocres.
Vi también erectos
pinos: señalaban un dombo confuso,
ominoso, abstruso,
y un horizonte gris de lindes circunspectos.
Vi aves
graves,
aves graves de lóbregas plumas
-antipáticas al hombre-,
silencios escuché, mudos, sin nombre,
que ambulaban ebrios por entre las brumas…
Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas.
No sé adónde he ido,
y he perdido el viaje
y el tiempo he perdido…
II
El tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
Mas supe de un crepúsculo de fuego
crepitador: voluminosos gualdas
y calcinados lilas!
(otrora muelles como las tranquilas
disueltas esmeraldas).
Sentí, lascivo, aromas capitosos!
Bullentes crisopacios
brillaban lujuriosos
por sobre las bucólicas praderas!
Rojos vi y rubios, trémulos trigales
al beso de los vientos cariciosos!
Sangrantes de amapolas vi verde-azules eras!
Vi arbolados faunales:
versallescos palacios
fabulosos
para lances y juegos estivales!
Todo acorde con pitos y flautas,
comamusas, fagotes pastoriles,
y el lánguido piano
chopiniano,
y voces incautas
y mezzo-viriles
de mezzo-soprano.
Ni sé adónde he ido…
y he perdido el viaje
y el tiempo he perdido…
III
Y el tiempo he perdido
y he perdido el viaje…
Ni sé adónde he ido…
por ver el paisaje
en ocres,
desteñido,
y por ver el crepúsculo de fuego!
Pudiendo haber mirado el escondido
jardín que hay en mis ámbitos mediocres!
o mirado sin ver: taimado juego,
buido ardid, sutil estratagema, del Sordo, el Frío, el Ciego.
Cancioncilla
Quise una vez y para siempre
-yo la quería desde antaño-
a ésa mujer, en cuyos ojos
bebí mi júbilo y mi daño…
Quise una vez -nunca así quise
ni así querré, como así quiero-
a ésa mujer, en cuyo espíritu
fundí mi espíritu altanero.
Quise una vez y desde nunca
-ya la querré y hasta que muera-
a ésa mujer, en cuya boca
gusté -otoñal- la Primavera.
Quise una vez -nadie así quiso
ni así querrá, que es arduo empeño-
a ésa mujer, en cuyo cálido
regazo en flor ancló mi ensueño.
Quise una vez -jamás la olvide
vivo ni muerto- a ésa mujer,
en cuyo ser de maravilla
remorí para renacer…
Y ésa mujer se llama… Nadie,
nadie lo sepa -Ella sí y yo-.
Cuando yo muera, digas -sólo-
quién amará como él amó?
Esta mujer es una urna
Esta mujer es una urna
llena de místico perfume,
como Annabel, como Ulalume…
Esta mujer es una urna.
Y para mi alma taciturna
por el dolor que la consume,
esta mujer es una urna
llena de místico perfume…!
Más breve
No te me vas que apenas te me llegas,
leve ilusión de ensueño, densa, intensa flor viva.
Mi ardido corazón, para las siegas
duro es y audaz…; para el dominio, blando…
Mi ardido corazón a la deriva…
No te me vas, apenas en llegando.
Si te me vas, si te me fuiste…: cuando
regreses, volverás aún más lasciva
y me hallarás, lascivo, te esperando…
Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue
Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…
dejemos al amor y vamos con la pena,
y abracemos la vida con ansiedad serena,
y lloremos un poco por lo que tanto fue…
Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…
Dejemos al amor y vamos con la pena..
Vayamos a Nirvana o al reino de Thulé,
entre brumas de opio y aromas de café,
y abracemos la vida con ansiedad serena!
Y lloremos un poco por lo que tanto fue…
por el amor sencillo, por la amada tan buena,
por la amada tan buena, de manos de azucena…
¡Corazón mentiroso! ¡si siempre la amaré!

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