martes, 29 de septiembre de 2026

Colección de poetas: Grigore Vieru


Nacido el 4 de febrero de 1935, en el pueblo Pererata, en el condado de Hotin, cuando este territorio formaba parte de Rumanía, Grigore Vieru fue el poeta más importante de la República moldava y quien más contribuyó al acercamiento de los dos países, que comparten el idioma rumano, siendo un símbolo de la lucha nacional de los rumanos de la República de Moldavia, haciendo de la lengua una patria

Vieru creció en un mundo rural que dejaría una huella permanente en su poesía. La sencillez de aquel paisaje, la figura materna y las primeras palabras aprendidas en la infancia se convertirían en algunos de los grandes motivos de su obra.

Su trayectoria literaria comenzó muy pronto. En 1957 publicó su primer libro, Alarma, y posteriormente desarrolló una intensa actividad como poeta, escritor para niños, traductor y editor. Su poesía infantil ocupó un lugar especialmente importante dentro de la literatura moldava y rumana, con versos caracterizados por su claridad, musicalidad y aparente sencillez. Pero detrás de esa sencillez había una concepción profundamente seria de la palabra.

Tras su debut en 1957, se impuso en 1965 con el tomo Versos para los lectores de todas las edades, mientras que Numele tau (Tu nombre), publicado en 1968, lo consagró como el más original poeta del país. Entre sus más conocidos libros de poemas se cuentan Mama (1975), Un verde ne vede (Un verde nos ve), que le valió el Premio de Estado de Moldavia, Steaua de vineri (Estrella de viernes), la selección lírica bajo el título Opere alese (Obras escogidas) y Radacina de foc (La raíz de fuego).

Durante las décadas en que la República Socialista Soviética de Moldavia formó parte de la Unión Soviética, la cuestión de la lengua y de la identidad cultural adquirió una dimensión especialmente significativa en su obra. Vieru defendió el carácter rumano de la lengua hablada en Moldavia y participó activamente en el movimiento de afirmación nacional y lingüística de finales de los años ochenta.

Su universo poético es, ante todo, íntimo. La madre aparece como una figura casi sagrada; la infancia, como un territorio al que siempre se regresa; y la palabra, como un vínculo entre generaciones.Hay en sus poemas una ternura que nunca resulta ingenua. Vieru sabía que las palabras más sencillas, madre, casa, tierra, niño, lengua, podían contener una historia entera. Por eso su poesía busca la emoción sin artificio y convierte lo cotidiano en símbolo.

En 1996 fue elegido miembro correspondiente de la Academia Rumana y, en 1998, recibió el Premio Internacional Herder, uno de los reconocimientos culturales europeos más destacados de la época.

La vida de Grigore Vieru terminó de manera inesperada. El 16 de enero de 2009 sufrió un grave accidente de tráfico cerca de Chisináu. Murió dos días después, el 18 de enero, a los 73 años.

Grigore Vieru escribió desde un lugar aparentemente pequeño (una aldea, una infancia, una lengua) y consiguió convertirlo en un territorio literario mucho más grande. Porque para él la poesía no necesitaba levantar la voz para defender lo que amaba: bastaba con nombrarlo.

POEMAS

SER

Soy el manzano generoso
que hacia el cielo va creciendo,
mientras el leproso, rascándose en el tronco,
a los sanos está maldiciendo.

Soy blanca flor con faz de lira,
nacida en una cruel época:
el alma pura la admira,
el sinvergüenza se mea en ella.

Soy el libro antiguo y sagrado
cuya cubierta el cura besa
y en cuyo dorso, el salvaje,
garabatea su vileza.

Soy la laboriosa abeja
cubierta por el polen de Luna:
me difaman siempre los vagos
de rojo soviético sus labios pintados.

Soy, quizás, el futuro
de un pueblo harto ya de plomo,
al que el tuerto le indica
por dónde caminar y cómo.

Soy el que quiere en la plaza cantar
al dulce pan de la Libertad
aunque sea con la boca tapada,
aunque me quieran amordazar.

Soy esa mancha de sangre,
a la que algunos llaman Moldavia,
que sonríe a su asesino
en vez de a él enfrentarse.

Soy el anhelo que vuela
sobre el dique y el agua alborotada,
una libertad triste
de lágrimas amargas coronada.

Soy el Prut ancestral y solitario
herido por la alambrada.
al que el mar siempre traga,
el que siempre vuelve a resurgir.

Soy el cantar del pueblo mío
que nadie ahogará jamás,
¡aunque de Siberias llenaran
la tierra entera!

EL SER DE LA MADRE

Tan frágil eres tú, madre
que podrías ir caminando
sobre las semillas que vuelan
entre el cielo y la tierra.

Con una especie de miedo en
tus ojos,
sin embargo, estás feliz.
La hierba sabe tu nombre,
la estrella sabe lo que piensas.

TESTAMENTO

Se apagará una tarde
O al nacer el día
El fuego que aún arde
En esta alma mía.
Y quedaré entonces
Pegado todavía
Al libro de mi Procer.

Y si llego a leerlo
Tal vez hasta la mitad
Cual mis párpados de muerto
¡No lo vayan a cerrar!
Déjenmelo así, abierto
Ya mi hijo así, por cierto
Lo podrá continuar.

Y de ser que el no oyera
De la letra el son de cuerno
Pónganmelo cabecera
Con su bosque dulce y tierno.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Temporada de huracanes

Gente muy culera

Publicada en 2017, Temporada de huracanes es la novela que situó definitivamente a Fernanda Melchor entre las voces más importantes de la narrativa latinoamericana contemporánea.

Narrada de manera no lineal, coral y en tercera persona, todo comienza con un cadáver. Un grupo de niños encuentra flotando en un canal el cuerpo de una mujer conocida en el pueblo ficticio de La Matosa, una localidad rural de Veracruz, como la Bruja. Este personaje vivía en una gran casa descuidada donde organizaba fiestas con los jóvenes del pueblo, a quienes daba dinero a cambio de favores sexuales. A partir de ese hallazgo comienza una historia que, más que reconstruir un crimen, intenta descubrir qué hay detrás de él.

¿Quién era realmente aquella mujer? ¿Qué ocurrió aquella noche? ¿Quiénes estuvieron allí?

Pero Melchor no responde a estas preguntas de una manera convencional. La novela no avanza como una investigación policial en busca de un culpable. Lo hace a través de las voces, los recuerdos, los rumores y las versiones de quienes estuvieron relacionados, de una manera u otra, con la Bruja. Y así descubrimos que, a veces, un pueblo entero puede guardar un secreto.

La Bruja es el centro invisible alrededor del cual gira la novela. Su muerte desencadena una sucesión de relatos que nos llevan por las vidas de distintos personajes: jóvenes atrapados en la pobreza, mujeres marcadas por la violencia y el machismo, hombres que buscan demostrar una masculinidad que también termina convirtiéndolos en víctimas. Violencia, pobreza, machismo, abuso, superstición, deseo y desesperanza.

Cada capítulo se aproxima a un personaje diferente y añade una nueva pieza al relato. Pero las piezas no siempre encajan. Porque aquí nadie posee toda la verdad. Cada personaje cuenta lo que recuerda, lo que cree, lo que imagina o lo que necesita creer para poder seguir viviendo.

Y entre todas esas voces aparece una pregunta fundamental:

¿puede existir una verdad cuando todos contamos la historia desde nuestras propias heridas?

Melchor no nos presenta la violencia como un hecho aislado. La violencia está antes del crimen. Está en las familias, en las relaciones entre hombres y mujeres, en la desigualdad económica, en los prejuicios, en el deseo convertido en frustración, en la imposibilidad de imaginar una vida diferente.

El asesinato parece ser solamente la consecuencia final de una violencia que llevaba mucho tiempo creciendo. Como un huracán que, antes de llegar, ya ha cambiado el aire.

Uno de los grandes aciertos de ls novela es la importancia del espacio. El pueblo respira. Hay calor, barro, humedad, mosquitos, cañaverales, carreteras, casas pobres, cantinas y lugares donde todo el mundo sabe algo de los demás. Es un mundo donde los rumores viajan deprisa y donde la vida privada parece pertenecer también a la comunidad. El espacio acaba convirtiéndose en una especie de personaje colectivo.

En cuanto a los personajes humanos, Norma, Luismi, Brando, Chabela, Munra o Yesenia, no encontramos a ninguno ejemplar. Tampoco encontramos fácilmente buenos y malos. Encontramos personas heridas que hieren, que desean, que tienen miedo, que sobreviven como pueden. Podemos entender de dónde procede un personaje sin perdonarle sus actos y sentir compasión por alguien y, al mismo tiempo, condenar lo que hace.

Quizá una de las características más sorprendentes de la novela de Fernanda Melchor sea su lenguaje. Melchor utiliza frases extensas, torrenciales, cargadas de voces, pensamientos y recuerdos. La narración parece avanzar sin detenerse. No siempre hay puntos de apoyo. Una prosa que no deja respirar porque leer esta novela cómodamente, desde una distancia segura, habría sido otra cosa.

Melchor no quiere que observemos el huracán desde la ventana. Quiere meternos dentro.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Fernanda Melchor


Una literatura que nace de la herida

Fernanda Melchor (Boca del Río, Veracruz, 1982) es una de las voces más poderosas y singulares de la literatura mexicana contemporánea. Escritora, periodista, ensayista y traductora, creció en Veracruz, un territorio que atraviesa buena parte de su obra y que, más que un simple escenario, se convierte en uno de sus grandes personajes: un lugar de calor y humedad, de pobreza y desigualdad, de deseo, violencia y superstición.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana, su formación periodística marcó profundamente su manera de escribir. Antes de dedicarse plenamente a la literatura, publicó crónicas y reportajes en distintos medios mexicanos. Esa mirada de periodista continúa presente en su narrativa.

Su trayectoria literaria comenzó con Falsa liebre (2013), su primera novela, una historia áspera protagonizada por jóvenes que se mueven entre la violencia, el deseo y la desesperanza. Ese mismo año publicó Aquí no es Miami, un libro de crónicas en el que Veracruz aparece lejos de cualquier imagen turística: un territorio atravesado por el narcotráfico, la violencia y las historias de quienes viven en sus márgenes. Melchor convierte esas historias reales en literatura y consigue que lo cotidiano adquiera una dimensión casi legendaria.

Pero fue con Temporada de huracanes (2017) cuando su nombre comenzó a resonar con fuerza mucho más allá de México. La novela parte del asesinato de la llamada Bruja, una mujer cuyo cadáver aparece en un cañaveral, y a partir de ahí construye un relato coral en el que diferentes voces reconstruyen el crimen. No hay una única verdad, sino muchas voces, recuerdos, deseos y rencores que terminan componiendo un retrato brutal de la pobreza, el machismo, la violencia y la exclusión.

La novela fue finalista del International Booker Prize y recibió importantes reconocimientos internacionales. Pero, más allá de los premios, Temporada de huracanes supuso la consagración de una escritora con una voz absolutamente personal. Su prosa avanza como una corriente desbordada: frases largas, palabras que se encadenan, voces que se mezclan y un lenguaje profundamente oral que obliga al lector a entrar en el ritmo de la historia.

Después llegó Páradais (2021), una novela breve pero de enorme intensidad. Dos adolescentes, un campo de golf, una amistad improbable y una violencia que parece crecer lentamente hasta hacerse inevitable. De nuevo aparecen algunos de los temas que atraviesan la obra de Melchor: las diferencias de clase, la masculinidad, el deseo, la frustración y la violencia como resultado de un entorno que parece no ofrecer demasiadas salidas.

En Esta isla (2024), Melchor reúne textos que permiten acercarse a otras facetas de su escritura y a su particular manera de mirar el mundo. Su obra continúa ampliándose entre la ficción, la crónica y el ensayo, siempre con una misma voluntad: mirar de frente aquello que suele permanecer oculto.

Leer a Fernanda Melchor no siempre resulta cómodo. Su literatura exige atención y, en ocasiones, resistencia. Sus personajes están lejos de ser héroes; son seres humanos llenos de contradicciones, deseos y heridas. La autora no juzga desde una distancia segura, sino que se acerca tanto a ellos que el lector termina respirando el mismo aire.

Su escritura puede resultar brutal y poética al mismo tiempo. Hay violencia, pero también música; hay crudeza, pero también una extraordinaria belleza en el lenguaje. Quizá por eso sus libros producen una sensación tan particular: cuando terminamos de leerlos, tenemos la impresión de haber atravesado un lugar del que no salimos exactamente igual que entramos.

Fernanda Melchor escribe sobre aquello que duele, sobre aquello que incomoda y sobre las vidas que pocas veces ocupan el centro de la literatura. Y lo hace con una voz que golpea, arrastra y, finalmente, permanece. Y ahí está, probablemente, una de las claves de su literatura: no pretende que miremos hacia otro lado.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Colección de poetas: Octavio Paz


Octavio Paz dejó una forma de mirar el mundo. En sus poemas, el tiempo se detiene y vuelve a comenzar; el amor es una revelación; la palabra, un puente entre el ser humano y el misterio de la existencia. Leerlo es aceptar una invitación a detenerse, a contemplar y a descubrir que, detrás de lo cotidiano, siempre late una pregunta.

Nacido en Ciudad de México en 1914, Octavio Paz fue poeta, ensayista y diplomático, y una de las voces más luminosas e influyentes de la literatura en lengua española del siglo XX. Su vida estuvo marcada por el diálogo constante entre culturas, fruto de sus viajes y de su carrera diplomática, una experiencia que enriqueció una obra donde conviven la tradición hispánica, el surrealismo, el legado de las culturas prehispánicas y la profundidad del pensamiento oriental.

Su poesía no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir caminos. En ella se entrelazan el amor, la soledad, el tiempo, la memoria, la libertad y la identidad con un lenguaje de extraordinaria belleza y una poderosa fuerza simbólica. Obras como Libertad bajo palabra, Piedra de sol, considerada una de las cumbres de la poesía contemporánea en español, o Ladera este muestran a un creador que convirtió la palabra en un espacio de encuentro entre la emoción y el pensamiento.

Como ensayista dejó títulos imprescindibles, entre ellos El laberinto de la soledad, una obra clave para comprender la identidad mexicana y, al mismo tiempo, reflexionar sobre la condición humana. En 1990 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor mexicano en obtener este reconocimiento. Fallecido en 1998, su legado continúa siendo una referencia imprescindible para la poesía y el pensamiento contemporáneos, y su obra sigue inspirando a lectores y escritores de todo el mundo.

Poemas

Entre ir y quedarse


Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Libertad bajo palabra

Viento
Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.

Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.

Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire
siempre de viaje.

Viento

Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.

Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.

Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire siempre de viaje.

Bajo tu clara sombra

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena….

Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas.

La poesía

A Luis Cernuda

Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.

Verdad abrasadora,
¿A qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas.

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.

Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.

Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.