jueves, 3 de septiembre de 2026

Fernanda Melchor


Una literatura que nace de la herida

Fernanda Melchor (Boca del Río, Veracruz, 1982) es una de las voces más poderosas y singulares de la literatura mexicana contemporánea. Escritora, periodista, ensayista y traductora, creció en Veracruz, un territorio que atraviesa buena parte de su obra y que, más que un simple escenario, se convierte en uno de sus grandes personajes: un lugar de calor y humedad, de pobreza y desigualdad, de deseo, violencia y superstición.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Veracruzana, su formación periodística marcó profundamente su manera de escribir. Antes de dedicarse plenamente a la literatura, publicó crónicas y reportajes en distintos medios mexicanos. Esa mirada de periodista continúa presente en su narrativa.

Su trayectoria literaria comenzó con Falsa liebre (2013), su primera novela, una historia áspera protagonizada por jóvenes que se mueven entre la violencia, el deseo y la desesperanza. Ese mismo año publicó Aquí no es Miami, un libro de crónicas en el que Veracruz aparece lejos de cualquier imagen turística: un territorio atravesado por el narcotráfico, la violencia y las historias de quienes viven en sus márgenes. Melchor convierte esas historias reales en literatura y consigue que lo cotidiano adquiera una dimensión casi legendaria.

Pero fue con Temporada de huracanes (2017) cuando su nombre comenzó a resonar con fuerza mucho más allá de México. La novela parte del asesinato de la llamada Bruja, una mujer cuyo cadáver aparece en un cañaveral, y a partir de ahí construye un relato coral en el que diferentes voces reconstruyen el crimen. No hay una única verdad, sino muchas voces, recuerdos, deseos y rencores que terminan componiendo un retrato brutal de la pobreza, el machismo, la violencia y la exclusión.

La novela fue finalista del International Booker Prize y recibió importantes reconocimientos internacionales. Pero, más allá de los premios, Temporada de huracanes supuso la consagración de una escritora con una voz absolutamente personal. Su prosa avanza como una corriente desbordada: frases largas, palabras que se encadenan, voces que se mezclan y un lenguaje profundamente oral que obliga al lector a entrar en el ritmo de la historia.

Después llegó Páradais (2021), una novela breve pero de enorme intensidad. Dos adolescentes, un campo de golf, una amistad improbable y una violencia que parece crecer lentamente hasta hacerse inevitable. De nuevo aparecen algunos de los temas que atraviesan la obra de Melchor: las diferencias de clase, la masculinidad, el deseo, la frustración y la violencia como resultado de un entorno que parece no ofrecer demasiadas salidas.

En Esta isla (2024), Melchor reúne textos que permiten acercarse a otras facetas de su escritura y a su particular manera de mirar el mundo. Su obra continúa ampliándose entre la ficción, la crónica y el ensayo, siempre con una misma voluntad: mirar de frente aquello que suele permanecer oculto.

Leer a Fernanda Melchor no siempre resulta cómodo. Su literatura exige atención y, en ocasiones, resistencia. Sus personajes están lejos de ser héroes; son seres humanos llenos de contradicciones, deseos y heridas. La autora no juzga desde una distancia segura, sino que se acerca tanto a ellos que el lector termina respirando el mismo aire.

Su escritura puede resultar brutal y poética al mismo tiempo. Hay violencia, pero también música; hay crudeza, pero también una extraordinaria belleza en el lenguaje. Quizá por eso sus libros producen una sensación tan particular: cuando terminamos de leerlos, tenemos la impresión de haber atravesado un lugar del que no salimos exactamente igual que entramos.

Fernanda Melchor escribe sobre aquello que duele, sobre aquello que incomoda y sobre las vidas que pocas veces ocupan el centro de la literatura. Y lo hace con una voz que golpea, arrastra y, finalmente, permanece. Y ahí está, probablemente, una de las claves de su literatura: no pretende que miremos hacia otro lado.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Colección de poetas: Octavio Paz


Octavio Paz dejó una forma de mirar el mundo. En sus poemas, el tiempo se detiene y vuelve a comenzar; el amor es una revelación; la palabra, un puente entre el ser humano y el misterio de la existencia. Leerlo es aceptar una invitación a detenerse, a contemplar y a descubrir que, detrás de lo cotidiano, siempre late una pregunta.

Nacido en Ciudad de México en 1914, Octavio Paz fue poeta, ensayista y diplomático, y una de las voces más luminosas e influyentes de la literatura en lengua española del siglo XX. Su vida estuvo marcada por el diálogo constante entre culturas, fruto de sus viajes y de su carrera diplomática, una experiencia que enriqueció una obra donde conviven la tradición hispánica, el surrealismo, el legado de las culturas prehispánicas y la profundidad del pensamiento oriental.

Su poesía no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir caminos. En ella se entrelazan el amor, la soledad, el tiempo, la memoria, la libertad y la identidad con un lenguaje de extraordinaria belleza y una poderosa fuerza simbólica. Obras como Libertad bajo palabra, Piedra de sol, considerada una de las cumbres de la poesía contemporánea en español, o Ladera este muestran a un creador que convirtió la palabra en un espacio de encuentro entre la emoción y el pensamiento.

Como ensayista dejó títulos imprescindibles, entre ellos El laberinto de la soledad, una obra clave para comprender la identidad mexicana y, al mismo tiempo, reflexionar sobre la condición humana. En 1990 recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer escritor mexicano en obtener este reconocimiento. Fallecido en 1998, su legado continúa siendo una referencia imprescindible para la poesía y el pensamiento contemporáneos, y su obra sigue inspirando a lectores y escritores de todo el mundo.

Poemas

Entre ir y quedarse


Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

Libertad bajo palabra

Viento
Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.

Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.

Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire
siempre de viaje.

Viento

Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.

Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.

Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire siempre de viaje.

Bajo tu clara sombra

Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena….

Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas.

La poesía

A Luis Cernuda

Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.

Verdad abrasadora,
¿A qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas.

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.

Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.

Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.

lunes, 1 de junio de 2026

Gustavo Martín Garzo


Las relaciones humanas

Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) es un escritor y ensayista español reconocido por una obra literaria muy ligada al mundo de la imaginación, los cuentos tradicionales, la infancia y la reflexión sobre el deseo, la memoria y la ternura. Estudió Filosofía y Psicología y trabajó durante años como profesor, experiencia que influyó en su sensibilidad literaria.

Comenzó a publicar en la década de 1980 y pronto destacó por un estilo poético y simbólico. Entre sus novelas más conocidas están El lenguaje de las fuentes, con la que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 1994, y La princesa manca, galardonada con el Premio Nadal en 1997. También ha cultivado el ensayo y la literatura infantil y juvenil.

Su obra suele mezclar realidad y fantasía, con referencias frecuentes a los mitos, los cuentos populares y la tradición bíblica. Los temas de la infancia, la inocencia, el amor y la pérdida aparecen constantemente en sus libros. Además de novelista, ha colaborado en prensa y revistas culturales españolas.

Entre otros reconocimientos, recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Tres cuentos de hadas. Está considerado una de las voces más singulares de la literatura española contemporánea.

Nunca fuimos más felices que entonces


Mi querida Eva, publicada en 2006, es una novela sobre el amor, la memoria y las decisiones que marcan una vida. La historia transcurre entre dos tiempos: la adolescencia de sus protagonistas en el Valladolid de los años sesenta y su reencuentro muchos años después.

Cuando eran jóvenes, Eva, Daniel y Alberto vivieron una relación intensa y compleja que los enfrentó por primera vez al deseo, los celos, la amistad y el descubrimiento del amor. En aquel verano, los tres quedaron profundamente marcados por unos sentimientos que entonces no comprendían del todo.

Años más tarde, Daniel y Eva se encuentran de nuevo por casualidad. Ese reencuentro sirve para reconstruir el pasado, recordar aquel verano y sacar a la luz secretos que habían permanecido ocultos durante décadas. La novela explora cómo los recuerdos cambian con el tiempo y cómo ciertas experiencias juveniles continúan influyendo en la vida adulta.

Uno de los temas centrales es la idea de que “el amor es una lengua extraña”, una experiencia que se aprende de manera intuitiva y que nunca se llega a comprender del todo. Martín Garzo utiliza esta historia para reflexionar sobre el amor romántico, la nostalgia, la pérdida de la inocencia y la distancia entre lo que vivimos y lo que creemos haber vivido. "Estaba en esa edad en que te crees que puedes hacer vivir para siempre todo lo que eliges amar"

La novela gira en torno al amor, el deseo y la complejidad de los vínculos afectivos. A través de una narración delicada y de tono evocador, Martín Garzo construye personajes marcados por la búsqueda de sentido y por la necesidad de comprender el pasado. Como en muchas de sus obras, aparecen la imaginación, los recuerdos y una mirada casi poética sobre la realidad cotidiana.

Además, el estilo de Gustavo Martín Garzo es muy lírico y evocador: más que centrarse en la acción, se interesa por las emociones, los recuerdos y los significados ocultos de los acontecimientos cotidianos. Mantiene reflexiones sobre la identidad y los sentimientos, da importancia de la memoria y la intimidad y hace referencias culturales y literarias.

La obra se inscribe dentro de la narrativa contemporánea española y mantiene el sello personal del autor: una mezcla de sensibilidad, introspección y atmósfera onírica.

lunes, 25 de mayo de 2026

Colección de poetas: Federico García Lorca

En Fuente Vaqueros, un pequeño pueblo de Granada, nace Federico García Lorca en 1898, rodeado de campos, música popular y historias que más tarde convertiría en poesía. Desde joven parecía escuchar el mundo de otra manera: mientras otros oían ruido, él encontraba versos.

Poeta, dramaturgo y prosista español, considerado una de las figuras más importantes de la literatura del siglo XX y miembro destacado de la llamada Generación del 27 estudió Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada. Más tarde se trasladó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde entró en contacto con intelectuales y artistas como Salvador Dalí y Luis Buñuel. Pero Lorca no quería escribir solo para intelectuales; quería que sus palabras llegaran al pueblo, como una canción que cualquiera pudiera sentir.

Su obra combina tradición popular, especialmente la cultura andaluza y el folclore gitano, con técnicas vanguardistas y simbolistas. Entre sus principales obras poéticas destacan Romancero gitano (1928), un claro ejemplo de su maestría para fusionar el folclore andaluz con la poesía moderna. Historias cargadas de tragedia y simbolismo, con versos llenos de imágenes potentes que transportan al lector a un mundo de misterio, pasión y fatalidad y Poeta en Nueva York (publicado póstumamente en 1940), una de las obras más complejas y modernas del autor, que le daría fama internacional. Un conjunto de versos que explora el choque entre la naturaleza y la modernidad, así como su desconcierto ante una ciudad tan ajena al mundo en el que había crecido. Con una poética llena de angustia y surrealismo, ofrece un retrato oscuro y desolado de la vida urbana en un contexto capitalista y alienante. 

Por supuesto, no podemos olvidar sus Odas, en las que expresa su amor por la belleza y la naturaleza, y Canciones, donde navega entre la nostalgia y la melancolía. 

Siendo habituales temas como la muerte, el amor, la tragedia y el destino. Sin embargo, fue su tratamiento del folclore español, especialmente el de Andalucía, lo que le otorgó una identidad única. A través de sus versos, logró dar voz a las emociones y sentimientos más profundos y ocultos de sus personajes.

Además, su poesía no solo se limita únicamente al ámbito literario, sino que también se fusiona con el teatro, creando una forma de arte multidisciplinaria donde se mezclan elementos tanto del lenguaje escrito como del visual y el sonoro.

Al inicio de la Guerra Civil Española, en agosto de 1936, fue detenido y fusilado cerca de Granada. Su muerte lo convirtió en un símbolo de la represión intelectual y cultural de la época. Lorca no desapareció: quedó viviendo en sus versos, en los escenarios y en cada lector que alguna vez sintió que una palabra podía doler… o salvar.

Poemas

Soneto de la guirnalda de rosas

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,
aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,
quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.

Soneto de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

La casada infiel

Y que yo me la lleve al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Romance de la luna, luna

A Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua
Con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
habrían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
-Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, como canta en el árbol!
por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.