lunes, 25 de mayo de 2026

Colección de poetas: Federico García Lorca

En Fuente Vaqueros, un pequeño pueblo de Granada, nace Federico García Lorca en 1898, rodeado de campos, música popular y historias que más tarde convertiría en poesía. Desde joven parecía escuchar el mundo de otra manera: mientras otros oían ruido, él encontraba versos.

Poeta, dramaturgo y prosista español, considerado una de las figuras más importantes de la literatura del siglo XX y miembro destacado de la llamada Generación del 27 estudió Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada. Más tarde se trasladó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde entró en contacto con intelectuales y artistas como Salvador Dalí y Luis Buñuel. Pero Lorca no quería escribir solo para intelectuales; quería que sus palabras llegaran al pueblo, como una canción que cualquiera pudiera sentir.

Su obra combina tradición popular, especialmente la cultura andaluza y el folclore gitano, con técnicas vanguardistas y simbolistas. Entre sus principales obras poéticas destacan Romancero gitano (1928), un claro ejemplo de su maestría para fusionar el folclore andaluz con la poesía moderna. Historias cargadas de tragedia y simbolismo, con versos llenos de imágenes potentes que transportan al lector a un mundo de misterio, pasión y fatalidad y Poeta en Nueva York (publicado póstumamente en 1940), una de las obras más complejas y modernas del autor, que le daría fama internacional. Un conjunto de versos que explora el choque entre la naturaleza y la modernidad, así como su desconcierto ante una ciudad tan ajena al mundo en el que había crecido. Con una poética llena de angustia y surrealismo, ofrece un retrato oscuro y desolado de la vida urbana en un contexto capitalista y alienante. 

Por supuesto, no podemos olvidar sus Odas, en las que expresa su amor por la belleza y la naturaleza, y Canciones, donde navega entre la nostalgia y la melancolía. 

Siendo habituales temas como la muerte, el amor, la tragedia y el destino. Sin embargo, fue su tratamiento del folclore español, especialmente el de Andalucía, lo que le otorgó una identidad única. A través de sus versos, logró dar voz a las emociones y sentimientos más profundos y ocultos de sus personajes.

Además, su poesía no solo se limita únicamente al ámbito literario, sino que también se fusiona con el teatro, creando una forma de arte multidisciplinaria donde se mezclan elementos tanto del lenguaje escrito como del visual y el sonoro.

Al inicio de la Guerra Civil Española, en agosto de 1936, fue detenido y fusilado cerca de Granada. Su muerte lo convirtió en un símbolo de la represión intelectual y cultural de la época. Lorca no desapareció: quedó viviendo en sus versos, en los escenarios y en cada lector que alguna vez sintió que una palabra podía doler… o salvar.

Poemas

Soneto de la guirnalda de rosas

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,
aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,
quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.

Soneto de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

La casada infiel

Y que yo me la lleve al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Romance de la luna, luna

A Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua
Con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
habrían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
-Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, como canta en el árbol!
por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

lunes, 4 de mayo de 2026

Relato de un náufrago

Cuando el mar no guarda secretos

El 28 de febrero de 1955, ocho tripulantes del buque de la marina colombiana "A. R. C. Caldas" cayeron al mar en medio de una fuerte tormenta. Solo uno de ellos sobrevivió: Luis Alejandro Velasco, que durante diez días luchó contra el hambre, la sed y la soledad en una pequeña balsa a la deriva en el Caribe.

Al regresar a tierra, fue recibido como un héroe nacional. La dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla lo elevó a la categoría de ícono nacional, aprovechando su historia para mostrar la valentía y resistencia del pueblo colombiano. Pero cuando Velasco decidió contar la verdad, las cosas tomaron un rumbo inesperado.

Gabriel García Márquez, entonces periodista en El Espectador, pasó veinte días entrevistando al superviviente para reconstruir cada detalle de su dramática travesía. Publicado inicialmente por entregas, el relato pronto desató una tormenta política que nadie vio venir. La publicación de este testimonio puso en jaque al gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, pues desmentía la versión oficial que atribuía el naufragio a una tormenta. En realidad, la tragedia había sido provocada por el desplazamiento de una carga de contrabando, electrodomésticos mal asegurados sobre la cubierta. Esta revelación no solo sacó a la luz una verdad incómoda, sino que también desencadenó una serie de consecuencias que cambiarían para siempre la vida del náufrago y la del propio Gabriel García Márquez.

El destructor Caldas y su tripulación llevan ocho meses en el puerto de Mobile, Alabama, debido a las reparaciones que se están realizando en el buque. El marinero Luis Alejandro Velasco reparte su tiempo libre entre su nueva novia, Mary Address, y diversas formas de matar el tiempo con sus compañeros, como las peleas a puñetazos y las salidas al cine.

Un día, viendo la película El motín del Caine, los marineros colombianos experimentan cierta inquietud ante las escenas de una tempestad. Como si se tratara de una premonición, Velasco comienza a tener dudas sobre el inminente regreso del destructor a su base en Colombia, y decide que dejará la Marina una vez regrese a su Cartagena natal. Así, el 24 de febrero zarpa por última vez en su barco, invadido por el miedo a una posible tormenta similar a la de la película, por lo que no puede conciliar el sueño.

Durante los primeros días de recorrido, Luis Alejandro se encuentra intranquilo por el clima en el Golfo de México. Sin embargo, el barco parece navegar suavemente. Esto no dura mucho, ya que a medida que avanzaba, el barco se tambalea cada vez más y más hasta que toda la tripulación recibe la orden de trasladarse a babor. Y se produce el naufragio. Velasco quedó solo en el mar y durante diez días sobrevivió a la deriva sobre una balsa improvisada, enfrentándose al hambre, la sed, los tiburones y la desesperación, hasta que finalmente logró llegar a la costa colombiana.

Después de llegar a Bogotá, Luis Alejandro Velasco es recibido como un verdadero héroe. Todo el mundo quiere escuchar su historia, hasta el punto de que un periodista llega a disfrazarse de médico para visitarlo en el hospital. Allí consigue dos dibujos de Velasco, que terminan en la primera plana de un periódico. 

Durante un tiempo, Velasco disfrutó de la fama y del dinero que le generaron varios contratos publicitarios. Promocionaba relojes que, según él, nunca se atrasaron a la intemperie, y zapatos tan fuertes que no los pudo desgarrar para comérselos en el mar. La gente parecía fascinada, pero la verdad estaba a punto de salir a la luz.

Gabo no se dejó llevar por la versión oficial ni por la imagen del héroe que se vendía en la publicidad. Según sus palabras, 'el cuento había sido contado a pedazos muchas veces, manoseado y pervertido'. El público estaba saturado de la historia, pero Márquez quiso profundizar más allá de la superficie.

Las publicaciones de García Márquez fueron un éxito. La gente hacía fila frente a las puertas del diario para conseguir ejemplares atrasados y completar la colección de artículos. La circulación del diario se duplicó, y la historia se publicó completa en un suplemento especial. Pero las consecuencias no tardaron en llegar. El régimen castigó al diario con multas, impuestos y confiscación de ediciones, lo que obligó a su cierre temporal, mientras que García Márquez se vio forzado a exiliarse en París para escapar de las represalias.

El reportaje, firmado por García Márquez, fue uno de los hitos del periodismo literario latinoamericano. Sin embargo, el nombre de Márquez no apareció en el título hasta que la obra se publicó como libro en 1970. Velasco, que había perdido su puesto en la Marina, cayó en desgracia tras las revelaciones. A finales de los años 60, fue encontrado trabajando en una empresa de autobuses, lejos de la gloria que había conocido.

Detrás de esta historia de supervivencia se encuentra una entramada crítica política. Hoy, esa crítica ya no se aprecia de la misma manera. En su lugar, Relato de un náufrago nos hace oscilar entre lo real y lo onírico, llegando a un punto en el que compartimos con el protagonista las dudas sobre qué está ocurriendo y qué no. Al igual que Luis Alejandro, como lectores nos adentramos en la locura de si lo que vemos es un simple espejismo o va más allá.

A través de sus páginas, vemos cómo el protagonista se convierte en un héroe simplemente por el hecho de no dejarse morir. De hecho, el propio autor nos invita a reflexionar y dudar sobre la autoría de la obra, ya que menciona en su prólogo que él es un mero narrador de una historia que no es suya, y con la que quiere hacer justicia a un héroe olvidado.

Los caminos de Velasco y García Márquez nunca volvieron a cruzarse. Mientras la fama de Gabo crecía, la de Velasco se desvanecía. Finalmente, el náufrago decidió demandar a García Márquez por los derechos de autor del libro, pero después de más de una década de litigio, la justicia colombiana falló a favor del escritor. Velasco murió convencido de que tenía derecho a una parte de los beneficios. En sus últimos años, mantuvo correspondencia con García Márquez, reclamándole los derechos. Gabo, siempre sagaz, comenzó una de sus cartas con la frase: "Mi querido Luis Alejandro, es la primera vez que recibo una carta de uno de los personajes de mis libros".

martes, 28 de abril de 2026

Gabriel García Márquez

Crónica de un narrador infinito

En el calor húmedo del Caribe colombiano, entre el rumor de las bananeras y las historias que parecían flotar en el aire, nació Gabriel García Márquez el 6 de marzo de 1927 en Aracataca. Desde niño, su mundo estuvo tejido por voces: la de su abuelo "Papalelo", que le hablaba de guerras y dignidad, y la de su abuela Tranquilina, que le susurraba historias donde lo imposible formaba parte de la vida diaria. Así, aprendió que la realidad podía ser tan vasta como la imaginación, una realidad mágica.

Aunque inició estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia, pronto abandonó los códigos legales para entregarse a las palabras. El periodismo fue su primera trinchera, y en él encontró el pulso de las historias humanas que más tarde poblarían sus libros. El joven García Márquez decidió entonces trasladarse a Cartagena de Indias, tras las revueltas de 1948 en Bogotá, donde trabajó como periodista en diversos medios como El Universal o El Heraldo.

Durante un baile estudiantil, Gabriel conoció a una joven de la que se enamoraría perdidamente, Mercedes Barcha, que era la hija de un boticario. En ese momento se prometió a sí mismo que la convertiría en su esposa tan pronto como pudiese. La pareja se casó en 1958 y un año después nacería su primer hijo, Rodrigo. En 1961 se instalaron en Nueva York, ciudad en la que Gabriel ejerció como corresponsal de Prensa Latina en una agencia fundada por Fidel Castro. Esto conllevó ciertas críticas y amenazas que hicieron que se mudase a México, donde pasaría la mayor parte de su vida. En estos años publicó El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962).

Con la publicación de Cien años de soledad, en 1967, abrió las puertas de Macondo, un lugar donde el tiempo gira en espiral y lo extraordinario se vuelve cotidiano. Su obra se convirtió en un espejo mágico de América Latina, donde conviven la memoria, el amor, la violencia y la esperanza. Novelas como Relato de un náufrago (1970), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985), confirmaron su capacidad para transformar lo cotidiano en leyenda.

En 1982, el mundo reconoció su voz con el Premio Nobel de Literatura, celebrando no solo a un escritor, sino a un narrador que hizo de la palabra un territorio sin fronteras.

En los albores del nuevo siglo, García Márquez volvió la mirada hacia su propia vida y, en 2003, la dejó plasmada en Vivir para contarla, un ejercicio de memoria donde el pasado respiraba con la intensidad de sus ficciones. Apenas un año después, en 2004, publicó Memorias de mis putas tristes, una obra que, fiel a su estilo provocador, despertó controversia por la delicadeza y osadía de su temática. Ya en sus últimos años, como quien recoge las palabras sembradas a lo largo del tiempo, dio a conocer Yo no vengo a decir un discurso, una antología de conferencias que revelaba no solo al narrador, sino también al pensador que reflexionaba sobre el oficio de escribir y el sentido de la vida.

Gabriel García Márquez murió el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México, pero su obra permanece como  un lugar donde la realidad y el sueño se entrelazan, y donde cada lector vuelve a descubrir que, a veces, lo más increíble es simplemente la vida misma.

domingo, 26 de abril de 2026

Colección de poetas: León de Greiff


Francisco de Asis Leon Bogislao de Greiff Hausler o León de Greiff, o también conocido como Leo Legris o Gaspar de la Nuit, fue uno de los grandes poetas del siglo XX.
Aunque sus poemas son difíciles de descifrar, la musicalidad de sus versos es, quizás, una de las razones para hacer de su lectura una fiesta.
Nacido en Antioquia, en una familia de origen sueco y alemán, heredó de su padre el amor por las letras. Pero el poeta también estaba fascinado por los números y sus infinitas combinaciones. Tuvo trabajos diversos: empleado bancario, contador, también estuvo vinculado a la administración de la construcción del ferrocarril de Antioquia, además tuvo una breve estadía en Suecia como secretario de la Embajada de Colombia.
Pero lo suyo era la poesía y, con ella, la música. De Greiff no se encasilla en ninguna etiqueta, su creación es variopinta, abarcando desde los juglares de la Edad Media y los modos literarios del Siglo de Oro español, con sus vocablos y combinaciones, hasta los poetas malditos, como Rimbaud. La ironía, el sarcasmo, la burla son recurrentes en sus textos que, a la vez tienen un velo de delicadeza.
Su primer libro , en 1925, es Tergiversaciones, seguido del Libro de los signos, Variaciones alrededor de la nada, en 1936; poco a poco aparece en páginas de diarios, revistas y también en los micrófonos de la radio. La dificultad de comunicación, el amor, la muerte, las mujeres, tanto las diosas como las vampiresas, las cultas y las incultas, son algunos de sus principales temas.

En el que es quizás su poema más conocido, escribe:

Juego mi vida, cambio mi vida
La llevo perdida
Sin remedio
Y la juego o la cambio por el más infantil
La dono en usufructo, o la regalo
O la trueco por una sonrisa y cuatro besos
Todo, todo me da lo mismo
Lo trivial, lo perfecto, lo malo

En 1972 De Greiff tuvo un accidente serio que le dejó graves secuelas. Una fractura de cráneo a raíz de una caída hizo difíciles sus últimos años. Murió en 1976. En homenaje al poeta, la Universidad Nacional bautizó con su nombre el auditorio donde se han dado debates literarios y poéticos a veces tan acalorados y disruptivos como el poeta.

Balada del tiempo perdido

I

El tiempo he perdido

y he perdido el viaje…

Ni sé adónde he ido…

Mas sí vi un paisaje

sólo en ocres:

desteñido…

Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas

de turbio pelaje,

de negras plumas.

Y luces mediocres. Y luces mediocres.

Vi también erectos

pinos: señalaban un dombo confuso,

ominoso, abstruso,

y un horizonte gris de lindes circunspectos.

Vi aves

graves,

aves graves de lóbregas plumas

-antipáticas al hombre-,

silencios escuché, mudos, sin nombre,

que ambulaban ebrios por entre las brumas…

Lodo, barro, nieblas; brumas, nieblas, brumas.

No sé adónde he ido,

y he perdido el viaje

y el tiempo he perdido…

II

El tiempo he perdido

y he perdido el viaje…

Ni sé adónde he ido…

Mas supe de un crepúsculo de fuego

crepitador: voluminosos gualdas

y calcinados lilas!

(otrora muelles como las tranquilas

disueltas esmeraldas).

Sentí, lascivo, aromas capitosos!

Bullentes crisopacios

brillaban lujuriosos

por sobre las bucólicas praderas!

Rojos vi y rubios, trémulos trigales

al beso de los vientos cariciosos!

Sangrantes de amapolas vi verde-azules eras!

Vi arbolados faunales:

versallescos palacios

fabulosos

para lances y juegos estivales!

Todo acorde con pitos y flautas,

comamusas, fagotes pastoriles,

y el lánguido piano

chopiniano,

y voces incautas

y mezzo-viriles

de mezzo-soprano.

Ni sé adónde he ido…

y he perdido el viaje

y el tiempo he perdido…

III

Y el tiempo he perdido

y he perdido el viaje…

Ni sé adónde he ido…

por ver el paisaje

en ocres,

desteñido,

y por ver el crepúsculo de fuego!

Pudiendo haber mirado el escondido

jardín que hay en mis ámbitos mediocres!

o mirado sin ver: taimado juego,

buido ardid, sutil estratagema, del Sordo, el Frío, el Ciego.

Cancioncilla

Quise una vez y para siempre

-yo la quería desde antaño-

a ésa mujer, en cuyos ojos

bebí mi júbilo y mi daño…

Quise una vez -nunca así quise

ni así querré, como así quiero-

a ésa mujer, en cuyo espíritu

fundí mi espíritu altanero.

Quise una vez y desde nunca

-ya la querré y hasta que muera-

a ésa mujer, en cuya boca

gusté -otoñal- la Primavera.

Quise una vez -nadie así quiso

ni así querrá, que es arduo empeño-

a ésa mujer, en cuyo cálido

regazo en flor ancló mi ensueño.

Quise una vez -jamás la olvide

vivo ni muerto- a ésa mujer,

en cuyo ser de maravilla

remorí para renacer…

Y ésa mujer se llama… Nadie,

nadie lo sepa -Ella sí y yo-.

Cuando yo muera, digas -sólo-

quién amará como él amó?

Esta mujer es una urna

Esta mujer es una urna

llena de místico perfume,

como Annabel, como Ulalume…

Esta mujer es una urna.

Y para mi alma taciturna

por el dolor que la consume,

esta mujer es una urna

llena de místico perfume…!

Más breve

No te me vas que apenas te me llegas,

leve ilusión de ensueño, densa, intensa flor viva.

Mi ardido corazón, para las siegas

duro es y audaz…; para el dominio, blando…

Mi ardido corazón a la deriva…

No te me vas, apenas en llegando.

Si te me vas, si te me fuiste…: cuando

regreses, volverás aún más lasciva

y me hallarás, lascivo, te esperando…

Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue

Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…

dejemos al amor y vamos con la pena,

y abracemos la vida con ansiedad serena,

y lloremos un poco por lo que tanto fue…

Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…

Dejemos al amor y vamos con la pena..

Vayamos a Nirvana o al reino de Thulé,

entre brumas de opio y aromas de café,

y abracemos la vida con ansiedad serena!

Y lloremos un poco por lo que tanto fue…

por el amor sencillo, por la amada tan buena,

por la amada tan buena, de manos de azucena…

¡Corazón mentiroso! ¡si siempre la amaré!