"Llena con sus versos estadios y teatros en España, México, Colombia y Argentina. Vende tantos libros como camisetas con sus reflexiones. Sensible e inconformista, su mensaje está lleno de amor, dolor y verdad" (El País)
Elvira Sastre (Segovia, 1992) desde muy pequeña, gracias a la influencia de su padre, muestra su amor por la lectura. A los doce años escribe su primer poema y tres años más tarde abre un blog, «Relocos y Recuerdos», que a día de hoy mantiene activo. Poco tiempo después, gana el premio de poesía “Emiliano Barral” con el relato corto Saudade.
Unos años más tarde, se instala en Madrid para cursar el grado universitario de Estudios Ingleses. En Madrid, Elvira continúa escribiendo y comienza a participar en eventos poéticos acompañada de cantautores consagrados como Adriana Moragues, Manu Míguez y Diego Ojeda e importantes poetas como Carlos Salem y Escandar Algeet. Con mucho trabajo y gracias a su talento, llegará con los años a compartir escenario con artistas como Andrés Suárez, Luis García Montero, Raquel Lanseros, Marwán o Benjamín Prado.
Poco a poco, Elvira Sastre se va haciendo un nombre en el circuito cultural madrileño y es entonces cuando la editorial Lapsus Calami se interesa por su obra y juntos publican Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), con prólogo de Benjamín Prado. En 2014, la editorial Valparaíso Ediciones le publica su segundo poemario: Baluarte. Entre medias, la poeta edita con la también ilustradora Adriana Moragues un proyecto artístico-literario llamado Tú la acuarela / Yo la lírica. Un tiempo después, Sastre publica Ya nadie baila, una antología que reúne poemas de sus dos primeros libros y un puñado de inéditos.
Al mismo tiempo, Elvira Sastre dedica parte de su tiempo a la traducción. Recién terminado el máster de Traducción Literaria por la Universidad Complutense de Madrid, la autora vio publicado su primer trabajo como traductora, en este caso de poesía, en la editorial Valparaíso Ediciones: Los hijos de Bob Dylan, del autor norteamericano Gordon E. McNeer. Posteriormente, ha traducido al inglés las letras de los dos últimos discos de Vetusta Morla ; Poemas de amor de Oscar Wilde. Otras maneras de usar laboca de la poeta Rupi Kaur; y las novelas Todo es mentira, de E. Lockhart, y Una conexión ilógica, de John Corey Whaley.
La carrera poética de Elvira Sastre, la poesía visceral y directa que presenta así como su cercanía con el lector permiten a la poeta participar en festivales y eventos literarios de importancia tales como la Feria del Libro de Bogotá (FILBO), el Festival de Narradores Orales de Segovia o el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México.
Elvira Sastre compagina su carrera poética con la escritura y la traducción. La poeta publica en 2016 su cuarto poemario, La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida. Dos años después, en 2018, la poeta publica Aquella orilla nuestra bajo el sello Alfaguara, un libro en el que convergen los textos en prosa y aforismos de la poeta con las ilustraciones de Emba, artista uruguayo con el que colaboró previamente en la portada de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida.
En 2019 llega una gran oportunidad para la escritora: la concesión del Premio Biblioteca Breve 2019 por su primera novela, Días sin ti, editada por Seix Barral. Esta primera incursión en la narrativa consolida a Elvira Sastre dentro del panorama nacional e internacional como una de las escritoras más importantes de su generación. Además del Premio Biblioteca Breve, la autora ha recibido los premios «Sombra del Ciprés 2018» y «Premio Joven Solidario DO La Mancha». En 2019 aparece en la Revista Forbes dentro de la lista «Los cien más creativos», compartiendo espacio con grandes talentos del panorama mundial.
En ese mismo año presenta bajo el titulo Desordenados, un recital poético musical junto al cantautor Andrés Suárez, que supone una de las ideas más ambiciosas de ambos. Un trabajo colaborativo en el que mezclaron los poemas y las canciones para poner en valor la palabra, el verso, la música de autor y demostrar que se pueden llenar estadios con la poesía. Más de 4000 personas acudieron al WiZink Center para disfrutar de este espectáculo.
Tras del éxito de Desordenados, la autora publica Elvira en voz, un albúm donde apuesta por un formato musical para sus poemas, en el que presenta un total de doce poemas recitados sobre una banda sonora. En 2020 publica su muy esperado Adiós al frío donde reúne varios poemas escritos en los últimos años, la gran mayoría inéditos.
Madrid me mata (Seix Barral, 2022), es el libro más íntimo y personal de la autora. Relata su estancia en la capital española durante más de dos años partiendo de las columnas que escribió para El País desde septiembre de 2018 a noviembre de 2020. Con cartas y poemas revela sus pasiones y temores en una conversación íntima con el lector llegando a ser tan tierno como reivindicativo.
En la actualidad, la escritora llena teatros y salas de conciertos con sus recitales poéticos y comparte con los lectores su poesía, vivencias y su mundo personal a través de las redes.
Para su autor, Lluvia fina (2019) se ha escrito sola. Todo surge a partir de una muy breve noticia de un periódico que contaba una tragedia tras una reunión familiar. Fue un destello que se le disparó: de repente vio que ahí estaba la novela. Durante apenas tres meses fue madurando la idea y sólo necesitó cuatro o cinco para escribirla. Las relaciones familiares, los rencores que no se curan, los límites de la verdad o de la mentira que nos suelen distanciar irremediablemente son las temáticas que abarca la novela de Luis Landero. Pero si fuera poco también habla de los problemas de sugerir más que contar, las medias palabras o el comentario con puntos suspensivos.
"Es temerario decir todo lo que se piensa"
Y para enredarlo más todo, Landero nos plantea que la vida no es la que uno vivió sino la que recuerda.
El escenario de Lluvia fina es la preparación de una celebración con motivo del 80 cumpleaños de la matriarca de la familia. Gabriel, uno de los tres hijos, llama a sus dos hermanas, Sonia y Andrea, para festejarlo. Lo que hizo o dejó de hacer la madre (una mujer de carácter, de las de moño prieto, ahorro y miedo a la sonrisa porque trae desgracia) es clave. Aurora, la mujer de Gabriel, es la guardiana involuntaria de las distintas versiones que tiene cada familiar respecto de los demás. A medida que avanza la obra, los viejos rencores afloran, sale a relucir lo que hace tanto se dijo y no se olvidó.
"En la familia todo se encona porque hay cuentas que sanar, agravios que la imaginación exalta. O se inventan. Traumas... Y, por supuesto, reproches que se suelen hacer tardíamente. El victimismo está en todas partes, siempre buscamos culpables. Ese 'yo podría haber hecho...'. Las frustraciones las proyectamos en la familia. O en la política", agrega Landero.
Lo difícil es comprender sin juzgar y ahí está Aurora, la confesora de todos "...al escuchar las palabras de los demás, Aurora «las embellecía con su atención" Gracias a esta virtud tan encomiable, Aurora "año a año, todos los días de todos los meses, a cualquier hora, fue enterándose del argumento exacto de sus vidas". El problema, claro está, es que al verse presa en esta telaraña familiar, Aurora pasa a convertirse también en otro personaje más de este relato familiar.
Lluvia fina es una tragedia doméstica. bien todas las otras obras de Luis Landero redundan en aspectos nostálgicos, está traspasa todos estos límites y se adentra en un sendero que deja poco para la esperanza. Un drama en toda regla, lleno de diálogos bellos y terribles. El tema está tan bien retratado, con sus increíbles personajes tan nuestros, además de una escritura impecable y llena de subordinaciones, perfectas y coloristas. En resumen, una novela realista de tiempos actuales que se te mete en lo más adentro de ti, atrapándole como pocas. Una tragedia intimista y profunda que nos ayuda a tomar partido en las emociones de los protagonistas.
La voz, el tono, la estructura o la forma de armar la novela, a juicio de Landero, está ya diseñados en los primeros párrafos. La no inocencia de las palabras que pronunciamos, de las historias que contamos, a veces inventándolas, otras omitiendo hechos, otras magnificándolos, en ocasiones casi de modo inofensivo hacen que no se las lleve el viento y entonces quedan posos que con los años se compacta y conforma una historia de vida y de relaciones con los otros. Esos otros que a su vez dicen medias verdades y también mentiras.
¿Y quién escucha las palabras que decimos?
En esta historia hay una receptora de palabras. Aurora, que siempre ha escuchado y que tiene su propia historia, sabe que las palabras hieren tanto que removerlas significa que caiga una lluvia fina que penetre y lo enlode todo más.
El acierto de crear a Aurora como vehículo de las historias familiares hace que llegue a los lectores mediante dos aspectos que el autor intencionadamente disimula hasta hacerlos invisibles.
El primero se adivina en la textura cotidiana que adquieren los personajes, incluso el más extremo de todos ellos, como es Horacio y el segundo aspecto constructivo reside en la técnica de los diálogos yuxtapuestos que reproducen lo dicho en momentos distintos y por personajes distintos en un doble plano: lo que hablan los hermanos entre sí y lo que los hermanos transmiten a Aurora.
Es una novela construida prácticamente toda ella a través del sistema de la citación. Es estilo directo porque lo narrado por cada uno de ellos es reproducción exacta de lo acaecido: A veces, con frecuencia, dado que todo ya ha sucedido, se mezcla lo que se está diciendo con una anterior citación de otro personaje que enjuicia, introduce su punto de vista, contradice..., pero todo siempre en el momento en que es contado a Aurora. Ella misma también referirá su experiencia con Gabriel, su marido. Y lo hace en primera persona abandonando el estilo de la citación o mezclando en estilo directo la conversación mantenida con él con otra u otras conversaciones mantenidas por otros personajes. Una compleja y muy trabajada novela que pese a la dificultad del procedimiento consigue que la historia fluya y que estemos a gusto leyéndola.
También trata el tiempo real, unas cuatro horas aproximadamente durante las que Aurora ha estado recordando las confesiones que unos y otros le han hecho quejándose todos de todos. Esas quejas, esa multiplicidad de voces que durante veinte años, desde que llegó a esa familia, ha escuchado con paciencia infinita han ido calando en ella como esa lluvia fina que al salir del colegio encuentra en la calle y que la conduce hacia el futuro.
Luis Landero irrumpió en los momentos finales de la Transición como una de las voces fundamentales de la literatura tras haber dejado atrás una vida intensa como guitarrista flamenco.
Nacido en Alburquerque (Badajoz) en 1948, el autor de Juegos de la edad tardía, libro de ilusiones revividas tras un contacto amistoso (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990) es licenciado en filología hispánica por la Universidad Complutense, ha enseñado literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale.
Caballeros de fortuna (1994), obra con cinco personajes enfrentados a nuevas sensaciones y consecuencias vitales, El mágico aprendiz (1999), novela que narra las aventuras de Matías Moro, un hombre de existencia tranquila que se convierte en un héroe a su pesar, El guitarrista (2002), en donde, inspirado en sus tiempos como profesor de guitarra, narra la historia de Emilio, un adolescente que encuentra su vocación en la guitarra flamenca o Absolución (2012), donde el protagonista es Lino, un hombre a punto de casarse que cambia su estado de felicidad por un ambiente de pesadilla tras un suceso en las calles de Madrid. Todas y cada una de ellas conforman el universo literario de Luis Landero
En 2014 hubo un punto de inflexión en su modo de contar e inició un camino muy pegado a la infancia y el recuerdo. Eso dio lugar a una obra maestra, El balcón en invierno, donde novela su propia vida en su humilde familia extremeña; a una novela inquietante como Lluvia fina (2019) y a El huerto de Emerson (2021), una bellísima elegía que es un fragmento de la memoria selectiva en la que todo un país puede verse retratado.
En 2022 nos vuelve a sorprender con su nuevo trabajo Una historia ridícula, una novela cargada de humor y amor, gracias a Marcial, el personaje principal, y que no dejará indiferentes a los lectores.
“Para mí ha sido relativamente fácil escribir esta novela porque realmente ha sido Marcial quien la ha escrito, yo he delegado en él. El personaje es el que escribía, él es el que tiene sus ideas, el que elige su léxico, él dice cómo tiene que ser, cómo tiene que hablar, cómo tiene que pensar, cómo tiene que actuar” señala Luis Landero.
El estilo de Landero es inimitable. De agradable fluidez pero también de gran densidad, sutil y profundo de aparente sencillez, va involucrando al lector en su trama de manera ineludible. Sus novelas gozan de una estructuración narrativa sumamente rigurosa que va conduciendo con extremada pericia hacia el desenlace.
Merece una atención especial el tratamiento que hace de la voz o las voces narrativas que son muy variables de una novela a otra y el manejo particular de la representación del tiempo, con sus elipsis, sus vueltas al pasado, sus anuncios del futuro, lo cual genera una serie de suspenses que permite la maduración de las acciones y la evolución de los personajes.
Las historias narradas por Landero son aventuras vivenciales de unos personajes “mediocres” en el sentido de “medianía”, antihéroes que se enfrentan a un mundo complejo movidos por la fuerza del deseo, arriesgando su vida, con lo cual, sin saberlo, se convierten en “héroes de la cotidianeidad “
La obra de Landero recorre toda la escala de la comicidad, desde la farsa más trivial hasta el humor más ligero y se asienta precisamente en esos desajustes entre las ambiciones de los personajes y la ruin realidad y en una filosofía de lo absurdo
Y es que las novelas de Luis Landero se nutren de toda una meditación filosófica sin exposiciones teóricas que paralizarían el relato de la acción. La verdad interior de uno, vínculos entre los individuos, relaciones de poder, papel del azar, de la fortuna y la búsqueda del lugar exacto y adecuado de uno en el mundo.
Landero es, sin duda, uno de los narradores más contundentes, ricos, profundos y reconocidos en español.
En el capítulo VIII, final de la primera parte de la primera parte, hay dos aventuras y un final sorprendente.
La primera es la famosa aventura de los molinos. En el camino se encuentran con treinta o cuarenta molinos de viento y don Quijote le dice a Sancho que son gigantes y que van a entrar en batalla con ellos. Sancho le corrige y le dice que no son gigantes sino molinos de viento, pero don Quijote insiste en su fantasía y arremete contra ellos. Le da una lanzada en el aspa, pero cuando un fuerte viento mueve al aspa, rompe su lanza en pedazos y los lleva por delante a don Quijote y Rocinante. Sancho acude a ayudarlos y le dice a don Quijote que bien le había dicho que no eran gigantes. Don Quijote cree que fue el encantador Frestón quien convirtió a los gigantes en molinos para quitarle la gloria de su vencimiento.
Pasan esa noche afuera descansando entre unos árboles y don Quijote desgaja un ramo de uno de ellos para reemplazar a su lanza, ya que había leído que otro caballero hizo lo mismo cuando se quedó sin espada. El día siguiente, don Quijote le dice a Sancho que sólo puede ayudarlo en batalla si es contra gente baja y canallas, pero que no debe interferir si es un altercado entre caballeros hasta que reciba la orden de caballería.
Y luego empieza la aventura del secuestro. En el camino ven que se acercan dos frailes y detrás de ellos un coche en el que viene una señora vizcaína que va a Sevilla. Don Quijote, sin embargo, cree que son encantadores que llevan en el coche a alguna princesa secuestrada. De nuevo, Sancho trata de hacerlo entender que son frailes y gente pasajera en el coche, pero don Quijote le responde que no sabe mucho de aventuras.
Don Quijote se les acerca a los frailes, les llama "gente endiablada y descomunal", y les exige que dejen libres a las princesas que han secuestrado. Los frailes se quedan muy asombrados ante tales acusaciones e insisten en que no son endiablados ni llevan a nadie secuestrado, pero no llegan a convencer a don Quijote, quien arremete contra el primer fraile, dejándolo tirado al suelo mientras que el otro huye.
Sancho comienza a quitarle los hábitos al fraile porque cree que le corresponden como despojos de batalla. Llegan dos mozos de los frailes y atacan a Sancho. Mientras tanto, don Quijote está hablando con la señora que viene en el coche. Le dice que el único agradecimiento que quiere de ella por haberle salvado es que regrese a Toboso y que le cuente todo lo sucedido a su señora Dulcinea. Un escudero vizcaíno que acompaña a la señora escucha esto, amenaza a don Quijote y los dos comienzan una pelea de espadas.
Aquí la historia queda en suspenso, ya que Cervantes interrumpe el argumento para decir que el autor dejó la historia en este punto y que no ha hallado más escrito sobre esta batalla. Aquí también menciona a un segundo autor y dice que éste no pudo creer que no existieran en los archivos documentos sobre el famoso caballero.
Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron
Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales, que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba.
Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras,
porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y, así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta, o consumida.
Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle: que si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».
Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía, «Don Sancho de Azpeitia» que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote». Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno; el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño en tierra.
Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra; y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto: y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.
—Pues en fe de esa palabra yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.