lunes, 31 de marzo de 2025

Anne Perry

"Todos vivimos algo que nunca debimos vivir"

Pocas personas en el universo literario son tan cautivadoras, misteriosas e intrincadas como Anne Perry. Famosa por sus fascinantes narraciones que combinan tramas cuidadosamente tejidas con marcos históricamente precisos, es una maestra en su oficio. Con más de 100 obras a su nombre, ha desentrañado hábilmente las complejidades del espíritu humano en diferentes épocas y espacios, dejando una marca en las mentes y corazones de muchos lectores de todo el mundo.

Hija de un importante científico de la época, Henry Rainsford Hulme, que más tarde sería uno de los creadores de la bomba de hidrógeno, contrajo tuberculosis cuando era pequeña, y a causa de dicha enfermedad estuvo viviendo con preceptores en el Caribe y Sudáfrica con la idea de que un clima cálido sería beneficioso para su salud. Finalmente, a la edad de 13 años, se reencontró con su familia en Nueva Zelanda cuando su padre fue rector de la Universidad de Canterbury. A causa de esta enfermedad, desarrolló su pasión por la lectura de novelas de temática policiaca, convirtiéndose en una apasionada de autores como Arthur Conan Doyle o Agatha Christie.

El  verdadero nombre de Anne Perry era Juliet Marion Hulme, nacida en Blackheath, Londres en 1938, pero cambió su nombre después de cumplir una condena en Nueva Zelanda por asesinato. A los 15 años de edad, la autora y su amiga Pauline Parker fueron juzgadas y condenadas a varios años de cárcel en Nueza Zelanda por el asesinato de la madre de esta amiga, Honrah Rieper. Las dos mataron a golpes a la madre de Parker con un ladrillo en Christchurch. Más tarde, estos eventos serían la inspiración del drama psicológico del director Peter Jackson, en «Criaturas celestiales» («Heavenly Creatures», 1994).

Después de cumplir una condena de prisión de cinco años, Perry fue liberada y cambió su nombre. Con esa nueva identidad cambió su vida: trabajó un tiempo como azafata, se hizo mormona y se instaló en Escocia. Luego regresó al Reino Unido e inició su carrera como escritora.

En 1979, Perry publicó «Los crímenes de Cater Street», el primero de una serie de libros protagonizados por el policía victoriano Thomas Pitt y su esposa Charlotte. Este discreto policía londinense está destinado a desentrañar, en plena época victoriana, los horrendos crímenes engendrados por una sociedad reprimida e hipócrita. Anne Perry se consagró como consumada especialista en la recreación de los claroscuros, contrastes y ambigüedades de la sociedad victoriana. La segunda serie de novelas policiales de Perry gira en torno al detective William Monk y la enfermera Hester Latterly.
Tanto la serie Pitt, que terminó en 2016 con Asesinatos en Kensington Gardens (Ediciones B, 2019), como las protagonizadas por el comandante William Monk, son novelas de investigación de un crimen en la época victoriana. Aúnan romance, misterio y una leve crítica social. Aunque es un hombre el que da nombre a la serie, sus esposas tienen el mismo protagonismo en la trama e intervienen en las investigaciones.

En los últimos años inició una nueva serie de novelas de intriga y espionaje, ambientada en los años 30, con la fotógrafa y agente secreto Elena Standish como protagonista. Además, publicó novelas de ambientación navideña, en la Primera Guerra Mundial, y juveniles de fantasía. Mareas de sangre (la última de la serie de William Monk) (Ediciones B, 2022) es el último libro que publicó.

Anne Perry fue seleccionada por el diario The Times como una de las 100 mejores escritoras del crimen del siglo XX. Como escritora, le interesaba menos el proceso de investigación que los efectos de esta en las personas involucradas. ¿Conozco bien a los demás? era la pregunta que intentaba responder en sus novelas.

Su verdadero nombre y su pasado fueron revelados por la prensa en los años 90, cuando su historia fue adaptada a la gran pantalla. “Todo lo que había conseguido como miembro honesto de la sociedad estaba amenazado. ¿Por qué no se me podía juzgar por lo que soy ahora, en lugar de por lo que era entonces?”.

Anne Perry, que vivía en Los Ángeles desde hacía varios años, falleció en 2023. La historia recordará sus personajes excepcionales, su precisión histórica, la calidad de sus novelas policíacas y su interés por las cuestiones sociales.

William Monk, el detective amnésico

Anne Perry, maestra de la novela de intriga histórica ambientada en la era victoriana, nos transporta nuevamente a orillas del Támesis en su novela número 22 de la serie del detective William Monk.

Venganza en el Támesis (Ediciones B, 2018)

Cuando el comandante William Monk de la Policía del Támesis es convocado para investigar la aparición de un hombre ahogado en el río, que resulta ser un prisionero fugitivo, tiene que verselas nuevamente con el oficial de aduanas McNab, que alberga un amargo rencor contra Monk y que siempre intenta perjudicarlo. Monk sufre de una amnesia que no le permite hacer bien su trabajo. Esas lagunas hace que se plantee muchas prsguntas sobre su vida anterior al accidente y eso le atormenta.

Otros personajes se mueven en la trama, Berta York, el matrimonio Clive, su ayudante Hooper, entre otros.

Tras la fuga de un segundo prisionero, Owen, y a medida que las trampas de McNab se vuelven más terroríficas, Monk se verá forzado a recurrir a la ayuda de su mujer, Hester, y de su amigo el abogado Oliver Rathbone. Juntos, tratarán de desentrañar el misterio que rodea a las muertes en el Támesis y a la rivalidad enfermiza de McNab.

El Támesis victoriano



El río Támesis (Thames), conocido alternativamente en algunas partes como el río Isis, es un curso de agua que fluye a través del sur de Inglaterra, incluyendo Londres. Con una longitud de 346 km, es el río más largo de los que tienen la totalidad de su recorrido en Inglaterra, y el segundo más largo del Reino Unido, después del río Severn.

El río nace en Thames Head, en Gloucestershire, y desemboca en el mar del Norte, a través del estuario del Támesis. El Támesis también drena la totalidad del Gran Londres.

A principios del siglo XIX, el río Támesis era una alcantarilla abierta, con consecuencias desastrosas para la salud pública de la ciudad de Londres. Desde principios del siglo XVIII es posible encontrar propuestas para modernizar el sistema de alcantarillado de la ciudad; sin embargo, nunca llegaron a prosperar por sus costes. La reacción, como en tantas ocasiones, llegó de la mano de una crisis: el llamado Gran Hedor (Great Stink) de 1858, en plena época victoriana (1837-1901).

Los ciudadanos más opulentos de Londres eran muy vulnerables al cólera, lo que creaba un poderoso incentivo para resolver el problema. Los inodoros, con su origen en la época de los Tudor (1485-1603), en realidad solo adoptaron su forma actual (cisterna, codos, tuberías y válvulas en un único sistema), en torno a 1770. El retrete además comenzó a desplazarse desde el exterior al interior de las casas. Entre 1860 y 1870 comenzaron a generalizarse entre la clase media, reemplazando fosas sépticas o letrinas. Las redes de alcantarillado de principios del siglo XIX, diseñadas para desaguar el agua de lluvia al Támesis, se convirtieron en redes de transporte de aguas residuales sin tratar que eran vertidas al río. En 1830 la esperanza de vida al nacer en Londres era de 29 años. 

En 1858, en un verano especialmente cálido, el hedor se hizo insoportable, lo que explica que en 18 días los miembros del Parlamento, que llegaron a plantearse abandonar la ciudad, aprobaran la inversión en un nuevo sistema de alcantarillado para la ciudad. Comenzaba el fin de profesiones tan sórdidas como los toshers y grubbers (que recorrían las alcantarillas y otras zonas de drenaje buscando objetos de valor), mudlarks (niños que hacían lo propio en los lodos de las riberas fluviales), recogedores de excrementos y baldeadores.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Colección de poetas: John Keats



El poeta británico John Keats (Londres, 1795 - Roma, 1821), tras la muerte de su padre, tuvo que trabajar como practicante en casa de un cirujano, para ingresar más tarde como estudiante externo en el Guy's Hospital de Londres (1815). Su afición a la lectura le descubrió el mundo de la poesía, en la que se inició bajo la influencia de Edmund Spenser. En casa de su amigo Leigh Hunt, crítico y poeta, conoció a Percy Shelley, con quien trabó amistad. 

Publicó su primer volumen de poemas en 1817 y, a pesar de su escaso éxito, decidió abandonar la cirugía para dedicarse sólo a la literatura. Al año siguiente apareció Endimión (1818), que fue mal recibida por la crítica.

Tras mudarse a casa de su amigo Charles Armitage Brown, en Hampstead, se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas, recogidos en el volumen Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820), que incluía además sus mejores poemas: el inacabado Hiperión, sobre la mitología griega, y sobre todo su célebre serie de odas, escritas en tan solo un mes, Oda a un ruiseñor, Oda a una urna griega y Oda a la melancolía.

Su estado de salud se deterioró por la tuberculosis, enfermedad que padecería como su madre y su hermano, por lo cual decidió embarcar hacia Nápoles, en lo que parecía la última posibilidad del poeta para sanar, aunque murió unos meses más tarde en Roma. Allí, en su último aliento, pidió esculpir en su tumba: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. El hombre que pasó por la vida de puntillas fue, además, ignorado y vilipendiado por sus contemporáneos.

Pese a tratarse del vate más joven de los grandes románticos británicos, es uno de los líricos más importantes en lengua inglesa. En 1848 aparecieron sus cartas y su diario, que completan una obra de excepcional pureza expresiva y admirable dominio poético en su aspiración por alcanzar la belleza absoluta y su aceptación trágica de la realidad. Aunque murió joven, escribió unos versos que le han sobrevivido durante siglos y que son emblema del movimiento romántico.

tumba John Keats

A la soledad

¡Oh, Soledad! Si contigo debo vivir,
Que no sea en el desordenado sufrir
De turbias y sombrías moradas,
Subamos juntos la escalera empinada;
Observatorio de la naturaleza,
Contemplando del valle su delicadeza,
Sus floridas laderas,
Su río cristalino corriendo;
Permitid que vigile, soñoliento,
Bajo el tejado de verdes ramas,
Donde los ciervos pasan como ráfagas,
Agitando a las abejas en sus campanas.
Pero, aunque con placer imagino
Estas dulces escenas contigo,
El suave conversar de una mente,
Cuyas palabras son imágenes inocentes,
Es el placer de mi alma; y sin duda debe ser
El mayor gozo de la humanidad,
Soñar que tu raza pueda sufrir
Por dos espíritus que juntos deciden huir.

Esta mano viviente

Esta mano viviente, ahora tibia y capaz
De agarrar firmemente, si estuviera fría
Y en el silencio helado de la tumba,
De tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños
Que desearías tu propio corazón secar de sangre
Para que en mis venas roja vida corriera otra vez,
Y tú aquietar tu consciencia —la ves, aquí esta—
La sostengo frente a ti.

Oda a la melancolía

1
No vayas al Leteo ni exprimas el morado
acónito buscando su vino embriagador;
no dejes que tu pálida frente sea besada
por la noche, violácea uva de Proserpina.
No hagas tu rosario con los frutos del tejo
ni dejes que polilla o escarabajo sean
tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
contemple los misterios de tu honda tristeza.
Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

2
Pero cuando el acceso de atroz melancolía
se cierna repentino, cual nube desde el cielo
que cuida de las flores combadas por el sol
y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
enjuga tu tristeza en una rosa temprana
o en el salino arco iris de la ola marina
o en la hermosura esférica de las peonías;
o, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
toma firme su mano, deja que en tanto truene
y contempla, constante, sus ojos sin igual.

3
Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
También con la alegría, cuya mano en sus labios
siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
que en tanto la abeja liba se torna veneno.
Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
tiene su soberano numen Melancolía,
aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
boca muerde la uva fatal de la alegría.
Esa alma probará su tristísimo poder
y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.

Sobre la muerte

I

¿Puede la Muerte estar dormida, si la vida es solo un sueño,
Y las escenas de dicha pasan como un fantasma?
Los efímeros placeres a visiones se asemejan,
Y aun creemos que el dolor más grande es morir.

II

Cuán extraño es que el hombre deba errar sobre la tierra,
Y llevar una vida de tristeza, pero que no abandone
Su escabroso sendero, ni se atreva a contemplar solo
Su destino funesto, que no es sino despertar.

Sobre el mar

No cesan sus eternos murmullos,
rodeandolas desoladas playas,
Y el brío de sus olas
diez mil cavernas llena dos veces,
y el hechizode liécate les deja su antiguo son oscuro.

Pero a menudo tiene tan dulce continente,
que apenas se moviera la concha más menuda
durante muchos días, de donde cayó
Cuandolos vientos celestiales pasaron, sin cadenas.

Los que tenéis los ojos dolientes o cansados,
brindadles esa anchura del Janar, como una fiesta;
y los ensordecidos por clamoreo rudo
o los que estáis ahítos de notas fatigosas,
sentaos junto a una antigua caverna, meditando,
hasta sobresaltaros, como al cantar las ninfas.